Mi top 10 de bosques para el otoño

 

    Fotográficamente hablando, llega uno de los momentos más excitantes del año ¿el otoño? si. Pero tanto como el otoño, me encanta ese momento de hacer planes para fotografiarlo. Comienzas a hacer memoria de los bosques de los que más has disfrutado, otros que tienes en mente pero que nunca has estado y nuevas propuestas que surgen por el camino. Por eso, este año he querido hacer un pequeño recopilatorio de, entre los que conozco, cuales son los 10 mejores bosques para fotografiar el otoño.

 

     Llegar a un bosque en el momento de clímax del color otoñal es una experiencia que nos llena la mente (y la tarjeta de memoria). Desde hace años no falto a mis citas otoñales para conseguir buenos momentos entre la soledad del bosque, y de camino alguna que otra buena foto. De entre todos los lugares que he visitado, y otros que tengo en mente visitar creo que los mejores bosques de la península ibérica en otoño son:

 

1. Urederra, Baquedano (Navarra)

2. Vegabaño, Soto de Sajambre (León)

3. Saja-Besaya, Bárcena Mayor (Cantabria)

4. Hayedo de La Biescona, Colunga (Asturias)

5. Bosque de la Honfría, Linares de Riofrío (Salamanca)

6. Hayedo de la Pedrosa, Riaza (Segovia)

7. Castañar de Ojesto, San Martín de Trevejo (Cáceres)

8. Castañar de El Tiemblo, El Tiemblo (Ávila)

9. Selva de Oza, Siresa (Huesca)

10. Garganta de Bohoyo, Bohoyo (Ávila)

 

     ¿Tienes planes fotográficos para este otoño? ¿Cuál de estos bosques has visitado? ¿Cuál te gusta más? Deja tu comentario, justo aquí debajo.

 

 


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La playa del ¿Silencio?

 

    Para muchos, los primeros pasos que dan en el mundo de la fotografía están ensombrecidos por darle más importancia al lugar que a la foto. En esa circunstancia me encontraba la primera vez que fui a este lugar, la playa del Silencio. Parece que, si quieres que tu trabajo adquiera notabilidad y sea respetado, necesitas cumplir una serie de requisitos no-fotográficos. Entre estos requisitos, diría que uno de los más relevantes es la importancia que se le da a los lugares populares.

 

     Si tus aspiraciones fotográficas son grandes no te puedes permitir el lujo de que alguien hable de un lugar y no haber estado allí (y de paso contar una batallita). No eres nadie en esto de la fotografía de paisaje si no has estado en Islandia o Feroe, dando por supuesto que has visitado más veces Río Tinto, Barrika, Gueirúa y Urederra que a tu familia. Y, si aspiras a ser un Ansel Adams milenial de manual, ya has estado (y, por supuesto, vas el próximo año) a Dolomitas, Yosemite, Torres del Paine, Dead Vlei... (#noteselaironia).

 

     Respeto cualquier posición y planteamiento en lo que a fotografía se refiere pero, creo que hay cosas que se nos van las manos. Hace una semana estuve por Asturias, volví a la playa del silencio y ha cambiado muchísimo. Coches por todos lados, miradores abarrotados, gente, gritos, gritos, gritos,.... de todo menos lo que le da nombre: silencio. Observo un patrón que se repite: aparcar, mirador, "selfie" y siguiente; esto no es más que el reflejo de una actitud materialista y superficial con los lugares en general y la fotografía en particular.

 

     ¿Dónde nos dejamos la satisfacción personal? la mayoría de la gente en la fotografía se preocupa más del perfil público que de los valores que nos puede aportar el hecho de realizar la fotografía en sí, ese momento, cuando disparas, haces algo relevante si lo haces tú mismo, no lo que esperas que vean los demás. Mira, observa, ama y luego pulsa el disparador. Y un poquito de silencio, por favor.

 

 


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Lugares de los que nunca volvemos

 

    Cada lugar que he visitado me ha marcado en mayor o menor medida, pero siempre, en algún sentido, he creído que el hecho de haber visitado esos lugares me había aportado algo bueno o nuevo. Hace unos días comprendí que era justo al contrario, con cada lugar que visitamos una parte de nosotros se queda allí.

 

     Hacía años que no leía a Pérez-Reverte en su "Patente de Corso", un artículo que podéis encontrar en la publicación XLSemanal. El primer párrafo me cautivó, al leerlo comprendí que mi planteamiento con respecto a los lugares que he visitado podría ser justo al contrario: "Hay lugares de los que nunca regresas del todo. Se quedan suspendidos en el tiempo y la memoria, y de vez en cuando cierras un momento los ojos -a veces ni siquiera hace falta cerrarlos- y te encuentras de nuevo en ellos. Hasta puedes oírlos y olerlos." Tal vez no se trate de que te traigas algo, si no de que una parte de ti se ha quedado allí.

 

      A medida que van pasando los años es una sensación cada vez más sutil, pero con los primeros viajes y lugares que visitaba, siempre, absolutamente siempre, tenía la sensación que una visita fugaz podía compensarse con la esperanza de volver. Con los años terminas convenciéndote que hay lugares a los que nunca regresarás, si no es desde la memoria y la impronta que dejaron en ti las experiencias vividas.

 

      Visitar un lugar implica algo más que la excursión de unas horas desde un ferry o un crucero, algo más que una parada en el camino; deja una parte importante de ti en cada lugar, que tu huella esté muy presente para que cuando quieras volver, te encuentres a ti mismo, y todo en lugar en el que estaba.

 

 


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Nuevos tiempos, buenas oportunidades

 

    Todos teníamos muy claro que este no iba a ser un verano como otro cualquiera. Parece que en estos días calurosos apetece más que nunca perderse en la naturaleza, disfrutar de la sombra de los árboles cuando más calor hace, refrescarse en el río después de una caminata; volver a sentir ese contacto del que nos hemos visto privados durante meses.

 

     Últimamente he realizado varias visitas al valle de Batuecas, lugar que he recorrido mil y una vez pero que parece haberse convertido en el refugio ideal para estas primeras semanas del verano. Allí, entre rutas, visitas y descanso he vuelto a pasar por un lugar geológicamente muy especial; una roca que durante miles de años, el río Batuecas, ha tratado con el mismo cariño que Miguel Ángel lo hiciera con los mejores bloques de Carrara, convirtiendo la roca en pura belleza.

 

 

     Cargado sólo con el 50 mm fijo he vuelto a fotografiar esta zona en las mismas condiciones en las que lo hice en 2015, retomando un camino de abstracción que ha despertado la chispa interior con la suficiente intensidad como para volver a trabajar en una idea que surgió hace 5 años: una serie abstracta basada en el río, cómo el agua y su corriente juega con la luz y la roca para abrirnos la puerta a un mundo tan misterioso como atractivo.

  

 

      Aún no tengo claro cómo unir estos dos conceptos para que surja algo coherente, pero el el hecho de volver a trabajar en esta zona y en estas ideas me motiva muchísimo. No tengo claro como lo haré, pero sé muy bien cómo quiero pasar estas tardes de verano: junto al río, en buena compañía y disfrutando del agradable abrazo que sólo lugares como Batuecas pueden ofrecernos.

 

 


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Lugares que invitan a soñar

 

    Hay sitios que nos marcan de una manera especial. La mayoría de los que vean esta foto pensará en lo obvio que resulta resaltar el río Tinto como un lugar que nos puede marcar fotográficamente, pero la cosa no va de eso, es algo más personal.

 

     En septiembre del 2017 con unos días por delante decidí "perderme" en el Tinto. Nunca había estado pero tampoco era un lugar que me entusiasmara especialmente. Llegué el primer día, al mediodía, cuando los 30 grados quedaban muy abajo en el termómetro y me metí por una pista que deducía que llegaba hasta la mitad del río. No había explorado ni investigado apenas antes, simplemente iba a pasar unos días y ver qué me encontraba.

 

     Al final de la pista había un pequeño descampado con cemento, una fuente y unos metros más adelante, a unos 10 metros del río un descampado en el que podía "montar campamento", comer, pernoctar... Tenía claro que el sitio era el ideal. La primera toma de contacto fue sobrecogedora: el olor, el color, las texturas... estaba realmente sorprendido. Pasé la tarde recorriendo parte de la vía abandonada, recorriendo el lecho del río y haciendo algunas fotos; me alejé demasiado y me pilló el crepúsculo no muy cerca del sitio que había elegido como "campamento". Problemas con el equipo para dormir y la noche cayó, tuve que dormir en el coche.

  

      El agotamiento del día anterior me hizo dormir ocho horas del tirón, puede parecer que todo salía demasiado bien pero me despertó el sonido de la berrea de un ciervo a pocos metros del coche. Salí, lo vi alejarse entre los matorrales pero en el barro de la orilla del río estaban sus huellas y aún podía intuir su olor. Desayuné y el entusiasmo de toda una jornada con el río y la cámara no hacía más que hacer que me regocijara en el momento tan agradable en el que me encontraba.

 

      Dos días después me resultó muy impactante volver a uno de los pueblos al salir de la pista (no recuerdo cual). Aislado en el río, sin ver a nadie, en plena naturaleza y disfrutando del espectáculo de colores y texturas que el río Tinto le ofrecía a mi cámara hace que aquel lugar en aquel momento haya sido una de las experiencias fotográficas que recuerdo con más nostalgia. Estas fotos representan lo que son para mi aquellos días, casi como un sueño, de esos de los que tenemos despiertos.

 


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El camino hacia imágenes más personales

 

    Desde hace muchos años he tenido en mente la idea de recorrer Namibia en un 4x4. Veía las fotos de esos todo-terreno con la tienda de campaña en el tejado e instintivamente mi mente viajaba hacia una sensación de libertad infinita. Me imaginaba a mi mismo acampando en cualquier parte, recorriendo los parques naturales en total libertad, disfrutando de la noche a salvo en la tienda del techo, pero lo cierto es que de la expectativa a la realidad suele encontrarse la decepción.

 

     Desde mi idea inicial hasta el viaje que realizamos finalmente hay una diferencia abismal, no sólo porque la situación no fuera tan favorable como imaginábamos para recorrer el país en libertad si no por mi mismo. Los parques naturales están muy restringidos al acceso y la circulación, hay zonas del país en las que es fácil no tener una sensación de seguridad absoluta; pero lo que más nos limitó fue la propia planificación del viaje.

 

     Con la experiencia de muchos road-trips a las espaldas la planificación de los recorridos, localizaciones y visitas fue óptima. Todos los lugares que queríamos visitar los visitamos, todo en el momento más adecuado y sin grandes imprevistos; pero esto fue lo que condenó la idea de libertad que me impulsaba desde hace muchos años a hacer algo así. Esta idea no es algo que percibiera en el momento, es algo que he podido ver en perspectiva, cuando con la idea de proyectar un viaje parecido percibo que comienzo a dejar que la planificación condene la sensación de libertad.

  

      Al revisar el archivo he encontrado que lejos de percibir las mejores sensaciones en las fotos de los hotspots que visitamos de manera programada, los mejores recuerdos me llegan a través de las fotografías realizadas durante los desplazamientos, en medio de paisajes infinitos y en momentos que no estaban programados. He aprendido una lección que aplicaré a partir de este momento: programar visitas a localizaciones nos asegura buenos resultados pero, si queremos conseguir una colección de imágenes que contengan una buena dosis de nuestra propia carga emocional, debemos dejar espacio a la improvisación para que de manera natural fluya nuestra conexión con el lugar que fotografiamos.

 


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La primavera que no se fotografió

    Veo fotos publicadas a diario en redes sociales y la mayoría de la gente sigue exprimiendo el archivo mientras ahí fuera está transcurriendo una de las primaveras más increíbles de los últimos años ¿creéis que será recordada como la primavera que nadie fotografió?

 

     Personalmente no me considero fiel visitante de la primavera. Mientras que con otras estaciones tengo citas ineludibles, es en primavera cuando aún no me reengancho del parón de final del invierno, viajo fuera... o simplemente no encuentro motivación; no lo sé. Lo cierto es que no suelo fotografiar en esta estación, pero parece que el no poder hacerlo me provoca un deseo irrefrenable de salir con la cámara: aunque sean 10 minutos delante de un árbol verde.

 

     Este confinamiento es algo que terminará siendo recordado como una especie de pesadilla pero en el camino nos está permitiendo, al menos en mi caso, observar muchos aspectos con una nueva perspectiva. Este nuevo modo de ver las cosas me provoca sentimientos mucho más profundos, reflexiones mucho más íntimas que si mi vida hubiera seguido de modo normal. Por eso, para mí, esta primavera podría estar más representada por una fotografía más sombría que una de árboles con hojas brillantes:

 

 


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Intentar cerrar una puerta y abrir otras cuatro

    Entre 2013 y 2019 fotografíe para una serie en la que tenía clara la idea, había recopilado material de sobra para seleccionar pero aún no tenía título. Entre estos años realicé 21 sesiones, algunas de unas pocas fotos otras de cientos; en estas sesiones, siguiendo el hilo conductor de las capturas principales me dejaba llevar para hacer otras fotos con una técnica muy similar pero una composición y concepto totalmente diferente (primera puerta abierta).

 

     Para terminar la serie me puse a seleccionar las imágenes, editarlas, pero a medida que iba avanzando, con las imágenes seleccionadas encontraba una disociación muy clara: por lo que una parte importante de las capturas fueron descartadas para la serie. Me quedaron un montón de fotos muy interesantes sin serie, sin idea y metidas en una carpeta (segunda puerta abierta).

 

     Llegó el momento del título y a partir de la historia que sugiere encontré el vínculo entre la serie principal y las imágenes descartadas. Esto planteaba un problema: la serie principal era la puerta de entrada, las imágenes descartadas uno de los lugares a los que llegar desde la serie principal y esto me dejaba el proyecto inacabado (tercera puerta abierta). Comenzaron las dudas y realicé una presentación a un especialista que, a pesar de su juicio crítico y que siempre ha tumbado todas mis ideas, le encantó: "¡Esto es buenísimo! exclamó tenemos que ponernos a trabajar en ello y exponer" (cuarta puerta abierta).

 

     Os dejo con un avance de "Horizontes perdidos". No se cuando podré a volver a trabajar en este proyecto, lo que si tengo claro es que la semilla de algo muy grande y en mi trayectoria fotográfica ha germinado.



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Paisajes cazados y recolectados

    Desde un punto de vista fotográfico ser cazador implica confiar en tu entusiasmo, recolector en tu instinto; en este sentido hay quienes deciden y se ciñen a un modo u otro a la hora de afrontar la práctica de la fotografía. Personalmente creo que es un error de manual. La fotografía no se basa únicamente en un único proceso, entran en juego desde factores emocionales a técnicos/mecánicos. 

 

     Establecida esta diferenciación tengo que decir que considero que hay que ser recolector con las localizaciones y cazador con la captura. Guiarnos por nuestros instintos a la hora de encontrar encuadres, algo así me pasó con esta foto de la catedral, cuando llevo "el radar en modo on", voy buscando localizaciones, posibles encuadres en esas localizaciones para dejar paso a mi "yo" cazador. En el momento que tenía la localización y el encuadre esperé durante un mes las condiciones lumínicas, fallé por diversas causas. Analicé mis fallos y volví unos días después a esperar el momento adecuado para capturar la imagen.

 

 

     Es muy difícil encontrar una visión romanticista de un monumento en una ciudad de hoy en día, tuve que localizar una zona que me permitiera aislar al máximo edificios modernos y el entorno urbano. Desde esa localización busqué el encuadre que realzara el monumento y encajara en la estética, ahora sólo quedaba esperar el momento. El anticiclón de invierno me obligó a esperar un mes entero, pero a finales de febrero cambió el tiempo y llegó la oportunidad de nubes y claros: buscaba sol exclusivamente en la catedral. Un primer intento fallido por el frío, las nubes no se colocaron en la posición correcta y me marché antes de tiempo porque estaba cansado de esperar de pié. A los dos días volvían a repetirse las condiciones, compré un taburete portátil y a esperar en mejores condiciones. El milagro sucedió.

 


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Viajar con la mente

 

     Ayer entró en vigor el decreto por el que se declara el estado de alarma. En el artículo 7 del mismo se limita la libertad de circulación de las personas ¿qué significa esto? pues que no podemos viajar, salir a hacer fotos... y si lo haces, si sales de casa para tu recreación la cosa es muy sencilla: no sólo incumples la ley, además, voy a ser muy explícito, los demás pensamos que eres gilipollas.

 

    Somos muchos los que de un modo casi automático establecemos una conexión inmediata (y casi necesaria) entre tiempo libre y viajar. Ya sea para hacer fotos, conocer sitios nuevos, disfrutar de patrimonio natural o cultural... aprovechamos estos espacios de tiempo para dar salida a viajes proyectados desde tiempo atrás, pero esto no es tiempo libre, no nos equivoquemos, esto es un confinamiento obligatorio ¿y si sales para tu recreación? eres gilip...

 

     Es muy probable que en tu casa tengas mil recuerdos de sitios que has visitado, cajas con tickets, cientos de imanes, tazas, piedras, tarros con arena, cientos de fotos almacenadas en carpetas olvidadas del ordenados o en un álbum que almacena polvo en la estantería... cualquiera que sea tu afán coleccionista (o disfunción obsesiva) relacionado con la fotografía o los viajes es el momento de recurrir a la mejor función que pueden desempeñar estos objetos: transportarnos con la memoria visual.

 

     Nuestros sentidos, además de sus funciones ordinarias, nos permiten recurrir a la impronta que ya marcaron en nuestro proceso neuronal; o lo que es lo mismo, nos llevan a los recuerdos y a nuestra experiencia cuando nos expusimos a ese estímulo. Aunque, según los expertos, el olfato es el más poderoso de los sentidos, la vista también puede transportarnos y de ese modo volver a vivir nuestras experiencias, pero que sólo se encuentran en nuestro subconsciente.

 

     Personalmente, dedicaré parte de este tiempo libre a planificar salidas fotográficas y viajes para cuando pase esta situación (porque pronto terminará), pero también quiero aconsejaros que echéis un vistazo a esas carpetas con fotos que muy probablemente guardáis y que no véis desde hace años. Fijaros en los detalles y tratar de recordar cual era vuestra situación en ese momento, qué veíais, a qué olía... y viajad con la mente...

 

 

     Hablamos más tarde, voy a pasar la mañana a los templos y palacios de Jaipur, en India.

 


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Mi mayoría de edad fotográfica

 

     Es tan fácil encontrar satisfacción en el hecho de contar las historias que has vivido mientras fotografiabas; lo que subyace detrás de cada fotografía tiene tanto peso emocional que muchas veces nos ciega (o nos ilumina) para valorar erróneamente una fotografía. He recopilado una galería retrospectiva he dejado a un lado el factor emocional, he recurrido a muchas personas, y muy diversas, pero antes, te invito a que sepas cómo he evolucionado desde mis primeras fotos.

 

 

    En mis primeros años (2002-2007) la fotografía aún no podía considerarme un apasionado, casi ni aficionado. Aunque anterior a esta fecha disparé ocasionalmente con una reflex analógica, en esta etapa utilicé varios modelos de digital compacta (e incluso con móviles cuya cámara apenas superaba los 2 megapíxeles). Fotografiaba naturaleza de forma circunstancial, porque cuando tenía una cámara entre las manos estaba en la naturaleza. Por formar parte de una comunidad online artística mis pretensiones oscilaban entre lo documental y la búsqueda de la expresión personal a través de imágenes pictóricas.

 

 

     Con el paso de los años 2008-2010 encuentro en la fotografía documental de monumentos y en el paisaje urbano una gran fuente de inspiración para la pasión fotográfica que se despierta en mi. En esta etapa adquiero una cámara digital compacta de alta calidad que, al poco tiempo termino por sustituir por una réflex digital. De las ciudades y monumentos a los que tengo la posibilidad de ir no dudo en visitarlos y fotografiarlos casi de manera obsesiva, realizo los primeros viajes internacionales en busca de algunas estampas que se convierten en icónicas para mi pero que, desde la perspectiva, puedo afirmar que los resultados obtenidos en este periodo estaría más justificados por golpes de suerte que por los conocimientos técnicos o compositivos que había adquirido hasta aquel momento.

 

 

     En mi recorrido fotográfico el año 2011 supone un cambio de paradigma absoluto. Del 2010 al 2012 tengo la oportunidad de tener frente a mi ventana un paisaje urbano en el que saciar mi pasión, además, este año veo cumplido uno de mis sueños al poder fotografiar uno de los monumentos más bellos de la humanidad: El Taj Mahal. Consciente de mis carencias en conocimientos de fotografía he comenzado a invertir muchísimo tiempo en tratar de mejorar, especialmente con la lectura de obras de referencia de autores americanos; descubro a los grandes maestros del paisaje y en ellos encuentro una fuente de inspiración infinita; pero, sobre todo, es aquí cuando me doy cuenta que la fotografía se ha instalado en mi interior para acompañarme el resto de mi vida.

 

 

     Surge una etapa en la que me lanzo de lleno en la creación del que ha sido mi proyecto fotográfico más importante: el blog www.elpaisajeperfecto.com. Del 2012 al 2017 voy escribiendo, fotografiando paisaje natural y, sobre todo, mejorando mi percepción de lo que significa la fotografía para mi. Con la llegada de nuevos métodos de comunicación para aficionados y profesionales de la fotografía los blogs escritos comienzan a perder fuelle y decido dejar el proyecto a un lado, es el momento en el que me abro definitivamente a una creación fotográfica más madura, a trabajar con series y, sobre todo, a apartarme del estilo instagramista para buscar en la fotografía un medio de expresión estrictamente honesto con mi visión, mis emociones y mi modo de entender la fotografía de naturaleza.

 

 

Te invito a que visites la galería en la que he recopilado las 100 fotografías más importantes de estos 18 años:

 

www.pablossanchez.com/retrospectiva


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Buscando la Friedrichcidad

 

 

      No pierdo la ocasión de visitas los mejores museos que tengo a mi alcance. En ellos recorro salas y pasillos incansablemente en busca de los grandes maestros de la pintura de paisaje: Friedrich, Turner, Rousseau, Ruisdael, Cole, Carlos de Haes... entre los más conocidos. 

 

     Una semana después de una de las visitas más inspiradoras que he tenido, al Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, me he sorprendido a mi mismo alejándome de los marcados patrones estilísticos de la fotografía de paisaje actual hacia composiciones más pictóricas.

 

 

 

 

      Si es cierto que las condiciones atmosféricas, la orografía y la luz del momento hicieron la mitad del trabajo por mí, pero estoy convencido que existe un enriquecimiento subconsciente de nuestra percepción. Nosotros elegimos cómo alimentamos esa capacidad de expresarnos a través de la fotografía, personalmente tengo muy claro que hoy me decanto por lo sublime y majestuoso de los paisajes de los grandes maestros de la pintura.

 

 


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Mañanas de frío y niebla

 

 

      Una vez escuché a alguien decir que: después del otoño y la primavera, e incluso el verano, el invierno es mi estación favorita. Evidentemente el invierno no estaba tratando muy bien a aquella persona; día tras día cielo gris y ni una única oportunidad fotográfica. 

 

     Todos los que fotografiamos en la naturaleza nos entusiasmamos con facilidad ante los colores otoñales; la frondosidad primaveral nos impulsa a descubrir la vida en cada rincón; pero el verano y el invierno siempre quedan en un segundo plano. Para mí, somos muy injustos con una de las estaciones más atractivas en latitudes medias.

 

     Aunque en la península Ibérica suele predominar el tiempo anticiclónico en invierno: una atmósfera estancada, sucia y llena de estelas de aviones, cielos de monótono azul y ambiente relativamente seco; pero para los que madrugan es muy probable que este tiempo anticiclónico traiga mucho frío y eso significa ramas de árboles helados, ese frío trae niebla, condensación y hielo. En invierno se encuentran algunas de las mejores oportunidades fotográficas, intenta aprovecharlas y encontrarás una estación favorita más.

 

 


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Mis 9 favoritas del 2019

 

 

      El año termina y llega el momento de recopilar lo bueno del que se va y proyectar el que viene. De vez en cuando, a lo largo del año que dejamos atrás, me ha venido a la mente la idea de esta recopilación y siempre me repetía una y otra vez lo mismo "no he hecho ni 9 fotos decentes este año". Todo cambió al llegar septiembre.

 

     Este año he cumplido uno de mis sueños fotográficos: visitar Namibia con un todoterreno con la tienda de campaña en el techo. Recorrimos todo el país durante casi dos semanas y saqué todo el provecho que pude pero, seamos sinceros, me hubiera quedado un par de añitos más fotografiando allí. Aunque no lo podría calificar como "viaje soñado", hacía mucho tiempo que tenía programada una visita al sur de Inglaterra desde Dover hasta Salisbury, fue un viaje realmente encantador pero fotográficamente un desastre por causas que no cabe argumentar aquí.

 

     Finalmente, este año, para mí ha destacado por una etapa muy pasiva en la primera mitad del año y una etapa muy activa a partir del verano, cuando he visitado varios bosques en otoño (Urbasa, Otxarreta, Honfría...), la costa asturiana durante el congreso AEFONA, varias visitas a mi querida Sierra del Espinazo y varias escapadas para pequeños proyectos fotográficos.

 

Espero que disfrutes de esta selección que con tanto cariño he preparado, gracias por tu visita.

 

 

Catedral de Salisbury desde el río Avon.

Oleaje en la playa del Sablón.

Amanecer en Quiver Tree Forest.

Avellanos, niebla y otoño en el bosque la Honfría. Los árboles de Dead Vlei.

Luz delicada en el Laberinto de Arno.

Una casa en Kolmanskoop.

Atardecer de Etosha.

Arco y montañas de Spitzkoppe al atardecer.



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Fotografía en buena compañía

 

     Del 6 al 8 de diciembre, como suele ser habitual en estas fechas, se celebró el congreso AEFONA 2019. En esta ocasión tuvimos la suerte de poder disfrutar de un entorno que cuenta con unas localizaciones fotográficas muy atractivas para la fotografía de paisaje: como es la playa de Bayas.

 

     En esta playa nos reunimos unos cuantos para hacer una escapada al amanecer. Era el sitio que estaba previsto dentro del programa del congreso, lo que no estaba previsto es que nos reuniéramos un número tal como aquel día. Por lo general, en las salidas fotográficas del congreso hay una buena afluencia de público, pero parece que aquel día, atraídos por una localización singular pudimos disfrutar de una multitudinaria sesión.

 

     Personalmente me decanto por fotografiar en soledad, pero hacía mucho tiempo que no lo hacía en compañía, en especial de buenos amigos. Como cada año es un placer volver a reencontrarnos en el congreso anual de AEFONA, disfrutar de extraordinarias ponencias, comidas y cenas con interminables charlas sobre aventuras fotográficas y experiencias en la naturaleza. Como cada año, vuelvo del congreso AEFONA con muchas ganas de que llegue el próximo.

     


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Las mejores luces de mi vida

 

     Llega un día en el que decides darle una vuelta de tuerca a tu modo de fotografiar y planeas salir mucho antes del amanecer, ubicarte en un lugar concreto tras caminar varios kilómetros en la más profunda oscuridad. Hasta entonces la fotografía simplemente me encantaba; aquellas luces del 10 de octubre de 2012 me cambiaron para siempre, en ese momento supe que la fotografía se convertía en una pasión que me acompañaría toda mi vida.

 

     Hasta hace pocos días nunca había tenido la ocasión de repetir una situación que se asemejara a la de aquel amanecer de otoño. Cientos de salidas en playas, montañas, desiertos, humedales... en ningún lugar de ningún país había encontrado una situación que estuviera a la altura.

 

     De una de mis últimas salidas por "mi hogar" fotográfico, la sierra del Espinazo, me quedó pendiente probar una localización. De manera muy casual hace unos días fui exclusivamente a ubicarme en un punto que había localizado en la anterior salida para probar qué pasaba con el sol en estos días, una posición avanzada hacia el solsticio de invierno. Lo más probable es que no hubiera salido a hacer fotos, que aquella tarde no hubirrs estado allí, pero el destino quiso que otro espectáculo de luz inigualable se presentara ante mi cámara.

     

 

     El sol se coló entre un pequeño hueco en las nubes para iluminar la atmósfera cargada de humedad del valle. Un espectáculo que tiñó de naranja las montañas durante menos de un minuto ¡si! tuve menos de un minuto hasta que el sol se volvió a esconder para no volver dejarse a ver aquel atardecer. Aunque hay ocasiones en las que he presenciado espectáculos de luz más increíbles que este, no había tenido ocasión de fotografiarlos.

 


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El mundo desde una perspectiva etérea

 

     Cuando hace tan mal tiempo que la mayoría de las personas, con capacidad para razonar, se quedarían en casa, es cuando surgen las mejores oportunidades fotográficas. Hace 6 años ni siquiera hicimos cálculos del panorama metereológico que nos íbamos a encontrar, sólo sabíamos que haría muy mal tiempo, pero la experiencia nos decía que surgían buenas oportunidades. 

 

     Llegamos al risco de La Torrita poco antes del amanecer, no había dejado de caernos agua durante la hora y media que tardamos en llegar desde el coche. Con las primeras luces, a pesar del chubasquero, estaba empapado, más incómodo que un gato en la bañera. Todo se olvidó cuando apareció ante nosotros aquel espectáculo irrepetible, incluso nos olvidamos de hacer fotos. Llevábamos una idea en la cabeza pero la razón desapareció y comenzamos a disparar  con el teleobjetivo a los jirones de niebla que parecían jugar al escondite entre las montañas. El puntito rojo a la derecha del risco soy yo:

     

 

     Hace unos días encontré una situación parecida. El mal tiempo me motivó a fotografiar un bosque de hoja caduca en plena otoñada, pero antes de que la luz llegará decidí asomarme al amanecer a un alto para ver si con el mal tiempo se producía el milagro de la luz. Las condiciones de esta mañana me recordaron a las de hace 6 años y disparé con la misma perspectiva que aquel día. Al repasar las fotos encontré un nexo, no sólo estilístico sino también emocional, con una pequeña diferencia: hace 6 años aquellas fotos quedaron olvidadas en el disco duro, sabía que eran buenas pero ahí quedaron. Ahora, con más experiencia, he podido mezclar las fotos de ambas sesiones para dar vida a la serie más "madura" desde que tengo una cámara entre las manos, bienvenidos al planeta etéreo: 

 


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Ser rico no es sólo tener dinero

 

     Esta foto no es más que puro "postureo" pero hay veces que me encaja una persona en algunos paisajes, humanizarlos para transmitir algunas emociones que el paisaje por sí mismo no puede. Hace unos días, mientras fotografiaba estos riscos me encontraba realmente satisfecho, por una parte por volver a la sierra del Espinazo tras una temporada sin ir por allí y por otra por encontrar una nueva localización para fotografiar. 

 

     Sentir satisfacción por llevar unos meses sin ir es comprensible, pero ¿por encontrar una nueva localización? pensaréis que el mundo está lleno de lugares que aún no han sido fotografiados, al menos desde una perspectiva artística-paisajística. En esta sierra he recorrido más de 300 km en los últimos 8 años, más de 40 salidas fotográficas; no es que lleve la cuenta pero hace unos días, tras subir la ruta de la última salida marqué la opción de visualizarlas todas en el mapa y me sorprendió la cantidad de veces que he pasado por algunos sitios, dejo foto:

     

 

     En definitiva, estaba fotografiando estos riscos y, como he dicho, me sentía tan satisfecho que estaba absolutamente convencido que, al menos en ese momento delante de aquellas rocas, con mi cámara y el sol asomando entre las montañas no necesitaba nada más para ser feliz, me creía la persona más rica del mundo. Entonces comencé a pensar que, la riqueza es algo objetivo, es rico el que posee bienes materiales, pero ¿existe alguna definición para esta sensación? ¿es algo puramente objetivo? o ¿una persona que tiene más de lo que necesita es rica? 

 


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Huele a otoño

 

     De todas las estaciones la que me despierta más escandalosamente de mis letargos fotográficos es el otoño. Para mí es una estación casi mágica en la que el silencio y la paz del bosque te envuelve entre humedad, luz y una pequeña explosión de vida antes de la llegada del crudo invierno. Todas las salidas fotográficas que más me han marcado, en un modo u otro, siempre se han producido en otoño. En el centro de la península el verano no ofrece muchas posibilidades, pero con la llegada del otoño llegan los colores a los bosques caducos, las primeras lluvias transforman el paisaje semiárido y el solsticio cambia la posición del sol para ofrecer una luz especial que se transforma en un espectáculo de luz al amanecer y atardecer.

 

     Repito localizaciones en esta época: Garganta de Bohoyo, Bosque de la Honfría, El Tiemblo, Ogesto... en Urbasa he estado en varias ocasiones, pero nunca en la zona del laberinto de Arno. Aunque cuando he estado, las primeras hojas comenzaban a coger color, y apenas puede hablarse de otoño me he encontrado un bosque que si le damos una semanita más ofrecerá un espectáculo singular. Las lluvias y las temperaturas de los últimos días han hecho que las hayas definitivamente corten el flujo de savia, la clorofila se retire y comiencen a dominar en las hojas los tonos dorados de las sustancias que comienzan a oxidarse en ellas.

 

 

      Tengo mil planes en la cabeza ahora que parece que ha llegado el momento ¿y tú? Prepárate para los próximos días, el otoño ha comenzado, ahora sí, delante de nuestras cámaras.

     


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Gigantes de otros tiempos

 

     Cada año planifico las visitas en función de la estación y el embalse de la Almendra suele tener su hueco reservado entre la primavera y junio en función del nivel del agua embalsada. La escasez de precipitaciones de este año ha provocado por una parte que el nivel mes tras mes sea lo suficientemente bajo como para que los tesoros escondidos bajo el agua continúen emergidos y, por otra parte, el resto de localizaciones que tienen su lugar en estas fechas no han llegado a alcanzar el suficiente atractivo por este mismo motivo.

 

     Antes del cambio de hora el amanecer es ideal, que el sol salga a las 8:30 h te permite llegar a la localización sin que haya que madrugar demasiado. Suena el despertador a las 5 de la mañana. A las 5:30 h comienzas a conducir con la ciudad el campo aún durmiendo. Llegas a las inmediaciones del embalse, silencio absoluto, negrura total, soledad. Con la tenue luz del frontal comienzas a caminar por el paisaje muerto del lecho del embalse seco, una hora más tarde, sobre las 7:15 h llego a la zona que he seleccionado y comienzo a explorar.

 

     El objetivo de esta salida son las grandes encinas, sin lugar a dudas. La mayoría de los ejemplares más grandes ya no están en pie, es un suelo poco profundo, las raíces crecen muy disgregadas y las largas temporadas expuestas a los elementos y la gravedad fuera del agua han hecho su trabajo. Tras varias largas exposiciones con los primeros resquicios de luz del día comienzo a escrutar el cielo para estudiar la dirección de las nubes y como estas pueden interactuar con los rayos del sol cuando emerjan y está claro que los cirro-cúmulos que se desplazan de sur a norte son el mayor atractivo. Dos exposiciones intercaladas por unos minutos para calcular dónde estarán unos 15 minutos antes de que salga el sol, que será el momento en que por la altura a la que están se iluminen, y ya sé hacia dónde tengo que disparar.

 

     Selecciono unas encinas que parecen estar perfectamente alineadas entre ellas y con el horizonte. Varias pruebas con ISO alto para que la cámara me confirme lo que creo que veo y coloco el trípode. Aún faltan 20 minutos para que el sol ilumine las nubes, me como el bocata mientras hago varias tomas de prueba. Llega el momento que he calculado y se hace la magia de la fotografía de paisaje:

 

     


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El pueblo del desierto

 

     Kolmanskop puede englobarse en la típica descripción de pueblo abandonado, pero la realidad es que cuenta con una historia tan inverosímil que lo convierte en único. Muy resumidamente se puede decir que se trata de arquitectura colonial alemana de finales del S. XIX y principios del XX cerca de la actual localidad namibia de Lüderitz. En aquella época se encontraban diamantes en las arenas del desierto con relativa facilidad, llegaron a extraerse 1.000 toneladas, lo que hace que económicamente sea viable una ciudad tan extravagante como esta.

 

     En pleno desierto del Namib se erigieron casinos, escuelas, hospital, mansiones, estación de tren... y los colonos alemanes de la época querían sentirse como en su Baviera natal impregnando a la arquitectura de estas construcciones del más puro estilo de la región alemana. Los diamantes comenzaron a escasear, el pueblo se abandonó y el tiempo no perdonó. La arena ha invadido las casas, la brisa marina y el viento del desierto han hecho lo propio para hacer de este pueblo una ruina decadente, de apariencia arquitectónica descontextualizada que nos traslada a otra época, casi a otra realidad paralela. 

 

     ¿Merece la pena recorrer 600km para ver este lugar? puede que la galería de imágenes te ayude a responder a esta pregunta. He tratado de capturar la esencia del sitio centrando la atención en puertas y ventanas, como símbolos del paso de una época a otra, de aquella realidad minera colonial a la turística de hoy en día, del momento en que la fiebre de los diamantes le permitía vivir en su burbuja de opulencia a la mas fiel y cruda realidad en la que el desierto reclama su lugar.


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Los árboles eternos

 

     Sales de casa y sabes que te quedan por delante 15 días disparando fotos en Namibia, para ser más concreto he hecho unas 4000. Sabes que hay una serie de localizaciones que tienen un potencial mucho mayor que otras, las has estudiado más o simplemente coincide que, en el momento que las visitas, es cuando muestran su mejor cara.

 

     Sabía que el desierto de Namib era una de las joyas del viaje y, dentro del Namib, más concretamente lo era Dead Vlei. Creo que nunca podré olvidar mis sensaciones al ver por primera vez este lugar: caminas por la arena durante unos 15 minutos y cuando terminas de subir una pesada duna aparece este lugar a lo lejos. Una explanada blanca de pocas hectáreas salpicada por algo menos de medio centenar de árboles. Bajas la duna para llegar a la superficie blanca, un lecho de lago seco de arcilla blanca cuarteada, una locura ¡sólo el suelo da para un día entero sin levantar la cámara! Levantas la cabeza y en el momento que ves el primer árbol la mente comienza a divagar, piensas Fondo oscuro, reflejos de la luz del sol del suelo, tangencia de ramas, atmósfera cargada de polvo, sol lateral, enmarcar con las ramas... si hubiera puesto en práctica todo lo que se me pasó por la cabeza en apenas un instante todavía seguiría haciendo fotos allí.

 

     En definitiva, en Dead Vlei se pueden hacer algunas fotos buenas, pero no son las fotos el tesoro más valioso que me he traído de allí. Aquí he podido vivir una de las experiencias más intensas del viaje a Namibia (una de tantas) y es una percepción del tiempo más allá de la existencia humana. Allá por el año 1200 crecían estas acacias de las que hoy sólo quedan troncos ennegrecidos por el abrasador sol del desierto, la arena, que un día las enterró llegó hasta aquí hace 5 millones de años arrastrada por un caudaloso río del que hoy no queda ni el nombre, y el lecho arcilloso nos lleva a una época mucho anterior, te das cuenta que el ser humano es sólo una pequeña fracción de tiempo en la existencia de este sitio, te sientes pequeño, insignificante, ante un lugar que es uno de los protagonistas de la eternidad de nuestro planeta.


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Un nido frente a mi ventana

     Puedo considerarme afortunado porque una pareja de palomas ha elegido la acacia frente mi ventana para construir su nido. A escasos dos metros he ido viendo como día a día iban colocando ramita a ramita en el nido, la puesta de los huevos y tras la incubación ha llegado el gran momento: el primer polluelo. 

 

     La llegada al mundo de este pequeño ha coincidido con una fecha que le imponemos en el calendario a los animales salvajes: la apertura de la media veda. Con la llegada de agosto llega uno de los momentos más felices para los cazadores pero también uno de los más difíciles para las especies calificadas como cinegéticas. Miles de cazadores salen al campo tras el parón de primavera/verano para volver a la actividad que tanto les apasiona.

 

     Hasta el 25 de agosto no debería cazarse ninguna paloma pero... ¿qué ocurre si a uno de los cazadores de gatillo fácil (casi todos) se le cruza una paloma antes de esa fecha? Pues que le va a disparar sin dudar. ¿Qué ocurrirá con los polluelos que están esperando en el nido? Que morirán y al próximo año no habrá ni paloma ni polluelo. Así de sencillo.

 

     No sólo es importante que los cazadores respeten fechas, cupos y especies, es necesario un control más intensivo de la administración sobre la ecología de las especies, la educación y las aptitudes de los cazadores para evitar que las poblaciones de muchas especies salvajes se encuentren al límite de su existencia. Uno de los representantes del colectivo cinegético calificaba en los medios de comunicación el pasado 15 de agosto la apertura de la media veda como catastrófica en cuanto a capturas. Era de esperar. El próximo año se repetirá la misma historia.


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Paisajes Romanticistas de Inglaterra

     Parece que la fotografía reinventa constantemente nuevos métodos y técnicas para que los que aprietan el disparador tengan a su disposición las herramientas adecuadas para poder expresarse. Creo que echar la vista atrás, a los paisajistas romanticistas puede ser un campo muy amplio en el que poder encontrar un nuevo área de trabajo y, sobre todo, mucha inspiración. 

 

     El romanticismo es un movimiento que se desarrolla en la primera mitad del siglo XIX para par prioridad a los sentimientos frente a las normas más rígidas del Neoclasicismo. Sabía que un viaje a Inglaterra, visitando castillos, grandes catedrales góticas y paisajes que inspiraron a pintores romanticistas hace casi 200 años, iba a nutrirme en este sentido.

 

     Esta fotografía representa la catedral de Salisbury en la misma perspectiva que John Constable la representa en 1830 en su obra "Salisbury Cathedral from the Meadows". Ni mucho menos consigue atrapar la esencia temporal y la sublimidad con la maestría que lo hace Constable, no por las limitaciones de la fotografía en ese sentido frente a la pintura; es un campo en el que la fotografía digital puede desarrollarse (y al que me sumo) para que la fotografía de paisaje pueda encontrar una vía de escape frente a los cánones tan rígidos y estridentes de "belleza" que saturan las redes hoy en día. 


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Las tierras muertas de Valjagado

 

     Un día descubres que en los libros están las respuestas, comienzas a leer autores americanos que te cuentan sus andanzas fotográficas por los desiertos del medio oeste; es más que suficiente para que un entusiasmado aprendiz de fotografía de paisaje idealice el concepto de belleza en sujetos inertes. Un tiempo después, en una etapa de búsqueda enfermiza de localizaciones en Google-Earth una foto de amigos en excursión de domingo lo cambia todo. La foto se titulaba Rasica.

 

     Cielo azul, rocas entre indio y beis de granito que con la intensidad de la luz directa del atardecer el medidor del modo automático de la compacta con la que estaba hecha la foto los había intensificado hasta llegar a un acertado error. Sobre las piedras dos personas. Esta escena no hubiera significado nada para mí de no ser porque aquellas rocas me trasladaron al instante a los desiertos americanos. Exploré aquella zona, Rasica, y pronto descubrí que no era más que el lecho desprovisto de vida de un embalse. No era el paisaje eterno de Death Valley, Arches o Monument Valley pero me servía para dar rienda suelta a la ausencia de vida natural como concepto de belleza.

 

     Han pasado varios años, más de los que me atrevo a contar sin dejar escapar un suspiro, desde que una tarde de junio Jenny y yo nos dejamos nuestras huellas en la arena granítica. Atardecer, merienda sobre las rocas, un par de nocturnas y el gusanillo de repetir. Han sido muchas visitas y con cada una he descubierto muchos nuevos motivos para volver, pero nunca había estado al 40% (en un territorio de unas 20.000 hectáreas bajo el agua el nivel lo cambia todo). Ahora he encontrado un bosque de encinas petrificado, un gran hito de granito que sobresale sobre el agua y, lo que es más importante: he perdido el miedo a hacer fotos (ya no creo que si no hago lo que hacen los demás no lo hago bien).

 

     La foto no tiene truco, está disparada directamente a blanco y negro. Atardecer a mi espalda, un claro sobre el horizonte a la derecha de la encina muerta. Filtro degradado para dar dramatismo a la encina perfilada sobre el claro y dejar algo de detalle sobre las rocas del primer término. Unas curvas en Photoshop y listo.


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El mundo de los sueños

 

     Cuando juegas con fuego te quemas, o eso nos han hecho creer siempre. Algo parecido pasa con la multiexposición en cámara, una vez comienzas no puedes terminar una foto, siempre necesitas añadir más, hasta que la estropeas, o no. Esta foto la realicé en abril de 2017. Bien, en realidad tendría que hablar de "estas fotos" porque hay unas cuantas apiladas; aclarado esto, comenzaba a profundizar en esta técnica y esta foto parecía ser la culminación a aquellos días en el delta del Ebro.

 

     Un motivo atractivo, marea a buen nivel, el sol a un buen ángulo con respecto al sujeto... pero un cielo aburridísimo. No había forma de hacer algo que me gustara: multiexposiciones con diferente matiz para conseguir contraste tonal, varias secuencias hasta que conseguí una que me gustó, pero el cielo seguía carente de interés. Unos minutos más tarde jugaba  con el desenfoque del reflejo del sol en el suelo fangoso de la marisma, esos tonos azulados y los puntos de luz me recordaron al cielo nocturno ¡tachán! ya sabía cual era la pieza final para la imagen multiexpuesta.

 

       No estaba preparado para hacer la foto, diez intentos y no conseguía superponer en el cielo los reflejos del sol en el agua. Era evidente que no era posible no superponer el rudimentario "Tori tarraconense". Repasando estos días fotos antiguas para continuar completando mi herbario fotográfico encontré estas fotos, rápido vinieron a mi mente las sensaciones de aquella mañana, como parecía estar sumido en un sueño mientras trataba de crear algo con lo que sorprenderme a mi mismo, pero que a la vez brotaba de mi subconsciente ¿es posible? sólo si crees que se puede soñar despierto.


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Taller de iniciación a la fotografía de naturaleza

 

    El primer fin de semana de febrero impartiré un taller de iniciación a la fotografía de naturaleza. Este curso está dirigido a alumnos que deseen iniciarse en la fotografía, aprender a manejar su cámara y poder sacar el máximo provecho a su equipo. El taller, que cuenta con una parte práctica y otra teórica de dividirá entre cuestionarios on-line, talleres prácticos y clases teóricas en el aula.

 

     Organizado por el Centro Integrado de F.P. Lorenzo Milani (Salamanca) https://www.fpmilani.com/ - este taller se engloba en el conjunto de cursos profesionales que cada año ofrece el centro para complementar su formación académica y, por lo tanto, los alumnos que realicen el taller, recibirán el correspondiente diploma acreditativo. 

 

Fechas: 1, 2 y 3 de Febrero

Lugar: Centro Integrado de F.P. Lorenzo Milani,

Aldehuela de los Guzmanes s/n CABRERIZOS (Salamanca)

Horas lectivas: 20 (6 on-line y 14 presenciales)

Precio: 55 €

Plazo de inscripción: hasta el 28 de enero

Programa: 

- Principios de la fotografía digital

- Equipo y material fotográfico

- Disciplinas fotográficas de naturaleza

- Principios del lenguaje fotográfico y la composición

Horario:

Viernes: de 17 a 19 presentación y clase práctica, de 19 a 21 clase teórica.

Sábado: de 17 a 19 clase práctica, de 19 a 21 clase teórica.

Domingo: de 8 a 16 clases teóricas y prácticas con paradas para descansar.

 

Más información: pablo@pablossanchez.com

 


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Mis 9 favoritas del 2018

 

 

      Hay tradiciones que tienen un sentido, otras que se hacen por rutina, unas que surgen y otras que te "obligas" a seguir. Me pregunto como encajaríamos en este contexto los que hacemos una recopilación de fotos anuales. Me gusta echar la vista atrás y volver a vivir las experiencias fotográficas del año, en cierta medida, volver a repasar todas las fotos de las salidas y viajes del año me traslada de nuevo a esos lugares y momentos fotográficos.

 

     Aunque mi gran pasión es el paisaje natural, esta disciplina fotográfica, entendida en un sentido estricto, se me queda pequeña y últimamente, estoy encontrando cierto estímulo al explorar más allá de sus límites creativos. Me he dado cuenta que ha sido un año en el que he roto mi molde y he comenzado a expandirme en varias direcciones aleatorias: conceptualismo, paisaje nocturno, blanco y negro, imagen digital, paisaje urbano y humano... Y un claro ejemplo de esto son estas 9 fotos que recojo aquí, faltan algunas, pero creo que aquí se encuentran las más representativas de lo que he hecho este año.

 

     Arriba, izquierda: reflejos en un charco junto al río Batuecas. Tras pasar el día entero fotografiando lo que veía, al final del día, cuando la luz comenzaba a escasear cambié a 50 mm, blanco y negro, y dejé que los conceptos fluyeran. Arriba, centro: flores de erizón en la sierra del Espinazo. Mi hogar, he fotografiado tantas veces en esta localización que el perfil de roca de ese "hombre" lo considero casi familiar. La delicadeza de la luz al pasar sobre la mole de roca y el modo en que iluminaba las flores de erizón me pareció una foto muy significativa para mí. Arriba, derecha: Almanzor al amanecer. Un lugar con el que trato ser fiel a una cita anual. Es una localización trabajada a lo largo de los años, sólo hay que buscar un buen primer plano en la nieve y el hielo... y listo. Centro, izquierda: sierra del Espinazo al atardecer. Son tantas veces las que he podido disfrutar de esa perspectiva de la sierra, ya que es el camino que tengo que recorrer para llegar a otras localizaciones, pero nunca he visto una luz tan cautivadora como la de aquella tarde de tormenta. Centro, centro: nubes y estrellas en Bardenas. Por "accidente" tuve que pasar la noche allí, suerte que pude dormir en el coche. No me resigné a mi suerte y aproveché para hacer algunas fotos del cielo que me acompañaba. Centro, derecha: cabra y nubes de tormenta en Gredos. Esta foto es el claro ejemplo en el que eliminas el color para darle protagonismo al sujeto, los elementos y a la fuerza que pueden llegar a transmitir. Abajo, izquierda: vista de la acrópolis ateniense durante la hora azul. Uno de los ejemplos de paisaje urbano que he realizado este año. La ruina, un motivo tan melancólico y romántico ofrece a la fotografía de paisaje un motivo realmente atractivo si, como he dicho anteriormente, te atreves a romper tu molde y practicar otros tipos de fotografía. Abajo, centro: erizones del Espinazo al atardecer. Un ejemplo de imagen digital no obtenida en cámara y que, con la tecnología con la que podemos contar hoy en día no podría terminarse en la propia cámara. Aunque no soy asiduo a este tipo de imágenes y confío en que la fotografía es una expresión que se manifiesta a la hora de apretar el disparador y no delante de la pantalla del ordenador, encuentro divertido dar vida a alguna de estas imágenes. Abajo, derecha: iglesia de la ensenada de Barro. Esta idílica escena me llamó la atención desde el primer momento en que la vi hace unos años, una nueva visita a Llanes y la compañía de un amigo fotógrafo eran la escusa perfecta para volver. 

 



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Una nueva etapa

Una foto para el recuerdo, uno de los tantos momentos que he pasado con compañeros de AEFONA. Tras cuatro años en la junta directiva de la asociación de fotografía de naturaleza más importante en nuestro país dejo a un lado el papel activo en la gestión para abrir una nueva etapa.

Hablaría de las dificultades, de los malos momentos, los problemas asociados a la labor que he desempeñado estos años, pero eso ha quedado en el olvido, me quedo con momento como en el que se realizó esta imagen: encuentros de socios en los que la naturaleza y la fotografía son el hilo conductor, pero al final lo que surge es la amistad con personas con las que compartes esta pasión.

No quiero dejar a nadie en el tintero, no es necesario citar ni dar agradecimientos a aquellos que ya saben lo que me han marcado en estos años. Dejo atrás la actividad en la gestión de la asociación pero no a las personas que considero compañeros de fotografía y amigos de verdad. Nos vemos pronto, seguramente en el campo, con una cámara entre las manos.


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Fotografiar sensaciones

     Amaneció Soto de Sajambre con una fina capa de nieve sobre los tejados. Una mañana fría en la que la niebla cubría las cumbres circundantes de Picos de Europa. Salimos a pasear mi mujer y yo por el camino que lleva a Vegabaño con la certeza de que no tardaría mucho en volver a llover o incluso a nevar. La pendiente del primer tramo mitigaba el frío y el entusiasmo de los que llevan una temporada sin recorrer la naturaleza nos hizo ignorar la lluvia.

     A medio camino, cuando se cruza el río Agüero, encontramos unos prados que, cada vez que he pasado por allí me han parecido uno de los paisajes más idílicos de la zona. La nieve cubría la superficie de hierva y sobre las laderas las hayas oscuras sin hojas, hojas aquí y allá, las últimas pinceladas de un otoño que, tal como nos habían contado en el pueblo, había sido mucho más corto de lo habitual.

     Lo que había sido una lluvia ligera durante la mañana se intensificó cuando recorrimos estos prados, notábamos que estábamos calados y el frío comenzaba a colarse en los abrigos. Fotos aquí y allá, pero me llamaron especialmente la atención las ramas y troncos de las hayas que contrastaban con el cielo gris. No conseguía mantener la lente limpia y la lluvia terminó por ser mi aliada, colocando la única zona limpia para dejar nítido uno de los árboles bajé la temperatura de color para dar predominancia a los tonos azules. Al final conseguí una fotografía que cada vez que la vuelva a ver me traslada a aquella fría mañana en los bosques de Soto de Sajambre.


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Mi top 10 de bosques para el otoño

 

    Fotográficamente hablando, llega uno de los momentos más excitantes del año ¿el otoño? si. Pero tanto como el otoño, me encanta ese momento de hacer planes para fotografiarlo. Comienzas a hacer memoria de los bosques de los que más has disfrutado, otros que tienes en mente pero que nunca has estado y nuevas propuestas que surgen por el camino. Por eso, este año he querido hacer un pequeño recopilatorio de, entre los que conozco, cuales son los 10 mejores bosques para fotografiar el otoño.

 

     Llegar a un bosque en el momento de clímax del color otoñal es una experiencia que nos llena la mente (y la tarjeta de memoria). Desde hace años no falto a mis citas otoñales para conseguir buenos momentos entre la soledad del bosque, y de camino alguna que otra buena foto. De entre todos los lugares que he visitado, y otros que tengo en mente visitar creo que los mejores bosques de la península ibérica en otoño son:

 

1. Urederra, Baquedano (Navarra)

2. Vegabaño, Soto de Sajambre (León)

3. Saja-Besaya, Bárcena Mayor (Cantabria)

4. Hayedo de La Biescona, Colunga (Asturias)

5. Bosque de la Honfría, Linares de Riofrío (Salamanca)

6. Hayedo de la Pedrosa, Riaza (Segovia)

7. Castañar de Ojesto, San Martín de Trevejo (Cáceres)

8. Castañar de El Tiemblo, El Tiemblo (Ávila)

9. Selva de Oza, Siresa (Huesca)

10. Garganta de Bohoyo, Bohoyo (Ávila)

 

     ¿Tienes planes fotográficos para este otoño? ¿Cuál de estos bosques has visitado? ¿Cuál te gusta más? Deja tu comentario, justo aquí debajo.

 

 


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La playa del ¿Silencio?

 

    Para muchos, los primeros pasos que dan en el mundo de la fotografía están ensombrecidos por darle más importancia al lugar que a la foto. En esa circunstancia me encontraba la primera vez que fui a este lugar, la playa del Silencio. Parece que, si quieres que tu trabajo adquiera notabilidad y sea respetado, necesitas cumplir una serie de requisitos no-fotográficos. Entre estos requisitos, diría que uno de los más relevantes es la importancia que se le da a los lugares populares.

 

     Si tus aspiraciones fotográficas son grandes no te puedes permitir el lujo de que alguien hable de un lugar y no haber estado allí (y de paso contar una batallita). No eres nadie en esto de la fotografía de paisaje si no has estado en Islandia o Feroe, dando por supuesto que has visitado más veces Río Tinto, Barrika, Gueirúa y Urederra que a tu familia. Y, si aspiras a ser un Ansel Adams milenial de manual, ya has estado (y, por supuesto, vas el próximo año) a Dolomitas, Yosemite, Torres del Paine, Dead Vlei... (#noteselaironia).

 

     Respeto cualquier posición y planteamiento en lo que a fotografía se refiere pero, creo que hay cosas que se nos van las manos. Hace una semana estuve por Asturias, volví a la playa del silencio y ha cambiado muchísimo. Coches por todos lados, miradores abarrotados, gente, gritos, gritos, gritos,.... de todo menos lo que le da nombre: silencio. Observo un patrón que se repite: aparcar, mirador, "selfie" y siguiente; esto no es más que el reflejo de una actitud materialista y superficial con los lugares en general y la fotografía en particular.

 

     ¿Dónde nos dejamos la satisfacción personal? la mayoría de la gente en la fotografía se preocupa más del perfil público que de los valores que nos puede aportar el hecho de realizar la fotografía en sí, ese momento, cuando disparas, haces algo relevante si lo haces tú mismo, no lo que esperas que vean los demás. Mira, observa, ama y luego pulsa el disparador. Y un poquito de silencio, por favor.

 

 


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Lugares de los que nunca volvemos

 

    Cada lugar que he visitado me ha marcado en mayor o menor medida, pero siempre, en algún sentido, he creído que el hecho de haber visitado esos lugares me había aportado algo bueno o nuevo. Hace unos días comprendí que era justo al contrario, con cada lugar que visitamos una parte de nosotros se queda allí.

 

     Hacía años que no leía a Pérez-Reverte en su "Patente de Corso", un artículo que podéis encontrar en la publicación XLSemanal. El primer párrafo me cautivó, al leerlo comprendí que mi planteamiento con respecto a los lugares que he visitado podría ser justo al contrario: "Hay lugares de los que nunca regresas del todo. Se quedan suspendidos en el tiempo y la memoria, y de vez en cuando cierras un momento los ojos -a veces ni siquiera hace falta cerrarlos- y te encuentras de nuevo en ellos. Hasta puedes oírlos y olerlos." Tal vez no se trate de que te traigas algo, si no de que una parte de ti se ha quedado allí.

 

      A medida que van pasando los años es una sensación cada vez más sutil, pero con los primeros viajes y lugares que visitaba, siempre, absolutamente siempre, tenía la sensación que una visita fugaz podía compensarse con la esperanza de volver. Con los años terminas convenciéndote que hay lugares a los que nunca regresarás, si no es desde la memoria y la impronta que dejaron en ti las experiencias vividas.

 

      Visitar un lugar implica algo más que la excursión de unas horas desde un ferry o un crucero, algo más que una parada en el camino; deja una parte importante de ti en cada lugar, que tu huella esté muy presente para que cuando quieras volver, te encuentres a ti mismo, y todo en lugar en el que estaba.

 

 


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Nuevos tiempos, buenas oportunidades

 

    Todos teníamos muy claro que este no iba a ser un verano como otro cualquiera. Parece que en estos días calurosos apetece más que nunca perderse en la naturaleza, disfrutar de la sombra de los árboles cuando más calor hace, refrescarse en el río después de una caminata; volver a sentir ese contacto del que nos hemos visto privados durante meses.

 

     Últimamente he realizado varias visitas al valle de Batuecas, lugar que he recorrido mil y una vez pero que parece haberse convertido en el refugio ideal para estas primeras semanas del verano. Allí, entre rutas, visitas y descanso he vuelto a pasar por un lugar geológicamente muy especial; una roca que durante miles de años, el río Batuecas, ha tratado con el mismo cariño que Miguel Ángel lo hiciera con los mejores bloques de Carrara, convirtiendo la roca en pura belleza.

 

 

     Cargado sólo con el 50 mm fijo he vuelto a fotografiar esta zona en las mismas condiciones en las que lo hice en 2015, retomando un camino de abstracción que ha despertado la chispa interior con la suficiente intensidad como para volver a trabajar en una idea que surgió hace 5 años: una serie abstracta basada en el río, cómo el agua y su corriente juega con la luz y la roca para abrirnos la puerta a un mundo tan misterioso como atractivo.

  

 

      Aún no tengo claro cómo unir estos dos conceptos para que surja algo coherente, pero el el hecho de volver a trabajar en esta zona y en estas ideas me motiva muchísimo. No tengo claro como lo haré, pero sé muy bien cómo quiero pasar estas tardes de verano: junto al río, en buena compañía y disfrutando del agradable abrazo que sólo lugares como Batuecas pueden ofrecernos.

 

 


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Lugares que invitan a soñar

 

    Hay sitios que nos marcan de una manera especial. La mayoría de los que vean esta foto pensará en lo obvio que resulta resaltar el río Tinto como un lugar que nos puede marcar fotográficamente, pero la cosa no va de eso, es algo más personal.

 

     En septiembre del 2017 con unos días por delante decidí "perderme" en el Tinto. Nunca había estado pero tampoco era un lugar que me entusiasmara especialmente. Llegué el primer día, al mediodía, cuando los 30 grados quedaban muy abajo en el termómetro y me metí por una pista que deducía que llegaba hasta la mitad del río. No había explorado ni investigado apenas antes, simplemente iba a pasar unos días y ver qué me encontraba.

 

     Al final de la pista había un pequeño descampado con cemento, una fuente y unos metros más adelante, a unos 10 metros del río un descampado en el que podía "montar campamento", comer, pernoctar... Tenía claro que el sitio era el ideal. La primera toma de contacto fue sobrecogedora: el olor, el color, las texturas... estaba realmente sorprendido. Pasé la tarde recorriendo parte de la vía abandonada, recorriendo el lecho del río y haciendo algunas fotos; me alejé demasiado y me pilló el crepúsculo no muy cerca del sitio que había elegido como "campamento". Problemas con el equipo para dormir y la noche cayó, tuve que dormir en el coche.

  

      El agotamiento del día anterior me hizo dormir ocho horas del tirón, puede parecer que todo salía demasiado bien pero me despertó el sonido de la berrea de un ciervo a pocos metros del coche. Salí, lo vi alejarse entre los matorrales pero en el barro de la orilla del río estaban sus huellas y aún podía intuir su olor. Desayuné y el entusiasmo de toda una jornada con el río y la cámara no hacía más que hacer que me regocijara en el momento tan agradable en el que me encontraba.

 

      Dos días después me resultó muy impactante volver a uno de los pueblos al salir de la pista (no recuerdo cual). Aislado en el río, sin ver a nadie, en plena naturaleza y disfrutando del espectáculo de colores y texturas que el río Tinto le ofrecía a mi cámara hace que aquel lugar en aquel momento haya sido una de las experiencias fotográficas que recuerdo con más nostalgia. Estas fotos representan lo que son para mi aquellos días, casi como un sueño, de esos de los que tenemos despiertos.

 


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El camino hacia imágenes más personales

 

    Desde hace muchos años he tenido en mente la idea de recorrer Namibia en un 4x4. Veía las fotos de esos todo-terreno con la tienda de campaña en el tejado e instintivamente mi mente viajaba hacia una sensación de libertad infinita. Me imaginaba a mi mismo acampando en cualquier parte, recorriendo los parques naturales en total libertad, disfrutando de la noche a salvo en la tienda del techo, pero lo cierto es que de la expectativa a la realidad suele encontrarse la decepción.

 

     Desde mi idea inicial hasta el viaje que realizamos finalmente hay una diferencia abismal, no sólo porque la situación no fuera tan favorable como imaginábamos para recorrer el país en libertad si no por mi mismo. Los parques naturales están muy restringidos al acceso y la circulación, hay zonas del país en las que es fácil no tener una sensación de seguridad absoluta; pero lo que más nos limitó fue la propia planificación del viaje.

 

     Con la experiencia de muchos road-trips a las espaldas la planificación de los recorridos, localizaciones y visitas fue óptima. Todos los lugares que queríamos visitar los visitamos, todo en el momento más adecuado y sin grandes imprevistos; pero esto fue lo que condenó la idea de libertad que me impulsaba desde hace muchos años a hacer algo así. Esta idea no es algo que percibiera en el momento, es algo que he podido ver en perspectiva, cuando con la idea de proyectar un viaje parecido percibo que comienzo a dejar que la planificación condene la sensación de libertad.

  

      Al revisar el archivo he encontrado que lejos de percibir las mejores sensaciones en las fotos de los hotspots que visitamos de manera programada, los mejores recuerdos me llegan a través de las fotografías realizadas durante los desplazamientos, en medio de paisajes infinitos y en momentos que no estaban programados. He aprendido una lección que aplicaré a partir de este momento: programar visitas a localizaciones nos asegura buenos resultados pero, si queremos conseguir una colección de imágenes que contengan una buena dosis de nuestra propia carga emocional, debemos dejar espacio a la improvisación para que de manera natural fluya nuestra conexión con el lugar que fotografiamos.

 


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La primavera que no se fotografió

    Veo fotos publicadas a diario en redes sociales y la mayoría de la gente sigue exprimiendo el archivo mientras ahí fuera está transcurriendo una de las primaveras más increíbles de los últimos años ¿creéis que será recordada como la primavera que nadie fotografió?

 

     Personalmente no me considero fiel visitante de la primavera. Mientras que con otras estaciones tengo citas ineludibles, es en primavera cuando aún no me reengancho del parón de final del invierno, viajo fuera... o simplemente no encuentro motivación; no lo sé. Lo cierto es que no suelo fotografiar en esta estación, pero parece que el no poder hacerlo me provoca un deseo irrefrenable de salir con la cámara: aunque sean 10 minutos delante de un árbol verde.

 

     Este confinamiento es algo que terminará siendo recordado como una especie de pesadilla pero en el camino nos está permitiendo, al menos en mi caso, observar muchos aspectos con una nueva perspectiva. Este nuevo modo de ver las cosas me provoca sentimientos mucho más profundos, reflexiones mucho más íntimas que si mi vida hubiera seguido de modo normal. Por eso, para mí, esta primavera podría estar más representada por una fotografía más sombría que una de árboles con hojas brillantes:

 

 


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Intentar cerrar una puerta y abrir otras cuatro

    Entre 2013 y 2019 fotografíe para una serie en la que tenía clara la idea, había recopilado material de sobra para seleccionar pero aún no tenía título. Entre estos años realicé 21 sesiones, algunas de unas pocas fotos otras de cientos; en estas sesiones, siguiendo el hilo conductor de las capturas principales me dejaba llevar para hacer otras fotos con una técnica muy similar pero una composición y concepto totalmente diferente (primera puerta abierta).

 

     Para terminar la serie me puse a seleccionar las imágenes, editarlas, pero a medida que iba avanzando, con las imágenes seleccionadas encontraba una disociación muy clara: por lo que una parte importante de las capturas fueron descartadas para la serie. Me quedaron un montón de fotos muy interesantes sin serie, sin idea y metidas en una carpeta (segunda puerta abierta).

 

     Llegó el momento del título y a partir de la historia que sugiere encontré el vínculo entre la serie principal y las imágenes descartadas. Esto planteaba un problema: la serie principal era la puerta de entrada, las imágenes descartadas uno de los lugares a los que llegar desde la serie principal y esto me dejaba el proyecto inacabado (tercera puerta abierta). Comenzaron las dudas y realicé una presentación a un especialista que, a pesar de su juicio crítico y que siempre ha tumbado todas mis ideas, le encantó: "¡Esto es buenísimo! exclamó tenemos que ponernos a trabajar en ello y exponer" (cuarta puerta abierta).

 

     Os dejo con un avance de "Horizontes perdidos". No se cuando podré a volver a trabajar en este proyecto, lo que si tengo claro es que la semilla de algo muy grande y en mi trayectoria fotográfica ha germinado.



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Paisajes cazados y recolectados

    Desde un punto de vista fotográfico ser cazador implica confiar en tu entusiasmo, recolector en tu instinto; en este sentido hay quienes deciden y se ciñen a un modo u otro a la hora de afrontar la práctica de la fotografía. Personalmente creo que es un error de manual. La fotografía no se basa únicamente en un único proceso, entran en juego desde factores emocionales a técnicos/mecánicos. 

 

     Establecida esta diferenciación tengo que decir que considero que hay que ser recolector con las localizaciones y cazador con la captura. Guiarnos por nuestros instintos a la hora de encontrar encuadres, algo así me pasó con esta foto de la catedral, cuando llevo "el radar en modo on", voy buscando localizaciones, posibles encuadres en esas localizaciones para dejar paso a mi "yo" cazador. En el momento que tenía la localización y el encuadre esperé durante un mes las condiciones lumínicas, fallé por diversas causas. Analicé mis fallos y volví unos días después a esperar el momento adecuado para capturar la imagen.

 

 

     Es muy difícil encontrar una visión romanticista de un monumento en una ciudad de hoy en día, tuve que localizar una zona que me permitiera aislar al máximo edificios modernos y el entorno urbano. Desde esa localización busqué el encuadre que realzara el monumento y encajara en la estética, ahora sólo quedaba esperar el momento. El anticiclón de invierno me obligó a esperar un mes entero, pero a finales de febrero cambió el tiempo y llegó la oportunidad de nubes y claros: buscaba sol exclusivamente en la catedral. Un primer intento fallido por el frío, las nubes no se colocaron en la posición correcta y me marché antes de tiempo porque estaba cansado de esperar de pié. A los dos días volvían a repetirse las condiciones, compré un taburete portátil y a esperar en mejores condiciones. El milagro sucedió.

 


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Viajar con la mente

 

     Ayer entró en vigor el decreto por el que se declara el estado de alarma. En el artículo 7 del mismo se limita la libertad de circulación de las personas ¿qué significa esto? pues que no podemos viajar, salir a hacer fotos... y si lo haces, si sales de casa para tu recreación la cosa es muy sencilla: no sólo incumples la ley, además, voy a ser muy explícito, los demás pensamos que eres gilipollas.

 

    Somos muchos los que de un modo casi automático establecemos una conexión inmediata (y casi necesaria) entre tiempo libre y viajar. Ya sea para hacer fotos, conocer sitios nuevos, disfrutar de patrimonio natural o cultural... aprovechamos estos espacios de tiempo para dar salida a viajes proyectados desde tiempo atrás, pero esto no es tiempo libre, no nos equivoquemos, esto es un confinamiento obligatorio ¿y si sales para tu recreación? eres gilip...

 

     Es muy probable que en tu casa tengas mil recuerdos de sitios que has visitado, cajas con tickets, cientos de imanes, tazas, piedras, tarros con arena, cientos de fotos almacenadas en carpetas olvidadas del ordenados o en un álbum que almacena polvo en la estantería... cualquiera que sea tu afán coleccionista (o disfunción obsesiva) relacionado con la fotografía o los viajes es el momento de recurrir a la mejor función que pueden desempeñar estos objetos: transportarnos con la memoria visual.

 

     Nuestros sentidos, además de sus funciones ordinarias, nos permiten recurrir a la impronta que ya marcaron en nuestro proceso neuronal; o lo que es lo mismo, nos llevan a los recuerdos y a nuestra experiencia cuando nos expusimos a ese estímulo. Aunque, según los expertos, el olfato es el más poderoso de los sentidos, la vista también puede transportarnos y de ese modo volver a vivir nuestras experiencias, pero que sólo se encuentran en nuestro subconsciente.

 

     Personalmente, dedicaré parte de este tiempo libre a planificar salidas fotográficas y viajes para cuando pase esta situación (porque pronto terminará), pero también quiero aconsejaros que echéis un vistazo a esas carpetas con fotos que muy probablemente guardáis y que no véis desde hace años. Fijaros en los detalles y tratar de recordar cual era vuestra situación en ese momento, qué veíais, a qué olía... y viajad con la mente...

 

 

     Hablamos más tarde, voy a pasar la mañana a los templos y palacios de Jaipur, en India.

 


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Mi mayoría de edad fotográfica

 

     Es tan fácil encontrar satisfacción en el hecho de contar las historias que has vivido mientras fotografiabas; lo que subyace detrás de cada fotografía tiene tanto peso emocional que muchas veces nos ciega (o nos ilumina) para valorar erróneamente una fotografía. He recopilado una galería retrospectiva he dejado a un lado el factor emocional, he recurrido a muchas personas, y muy diversas, pero antes, te invito a que sepas cómo he evolucionado desde mis primeras fotos.

 

 

    En mis primeros años (2002-2007) la fotografía aún no podía considerarme un apasionado, casi ni aficionado. Aunque anterior a esta fecha disparé ocasionalmente con una reflex analógica, en esta etapa utilicé varios modelos de digital compacta (e incluso con móviles cuya cámara apenas superaba los 2 megapíxeles). Fotografiaba naturaleza de forma circunstancial, porque cuando tenía una cámara entre las manos estaba en la naturaleza. Por formar parte de una comunidad online artística mis pretensiones oscilaban entre lo documental y la búsqueda de la expresión personal a través de imágenes pictóricas.

 

 

     Con el paso de los años 2008-2010 encuentro en la fotografía documental de monumentos y en el paisaje urbano una gran fuente de inspiración para la pasión fotográfica que se despierta en mi. En esta etapa adquiero una cámara digital compacta de alta calidad que, al poco tiempo termino por sustituir por una réflex digital. De las ciudades y monumentos a los que tengo la posibilidad de ir no dudo en visitarlos y fotografiarlos casi de manera obsesiva, realizo los primeros viajes internacionales en busca de algunas estampas que se convierten en icónicas para mi pero que, desde la perspectiva, puedo afirmar que los resultados obtenidos en este periodo estaría más justificados por golpes de suerte que por los conocimientos técnicos o compositivos que había adquirido hasta aquel momento.

 

 

     En mi recorrido fotográfico el año 2011 supone un cambio de paradigma absoluto. Del 2010 al 2012 tengo la oportunidad de tener frente a mi ventana un paisaje urbano en el que saciar mi pasión, además, este año veo cumplido uno de mis sueños al poder fotografiar uno de los monumentos más bellos de la humanidad: El Taj Mahal. Consciente de mis carencias en conocimientos de fotografía he comenzado a invertir muchísimo tiempo en tratar de mejorar, especialmente con la lectura de obras de referencia de autores americanos; descubro a los grandes maestros del paisaje y en ellos encuentro una fuente de inspiración infinita; pero, sobre todo, es aquí cuando me doy cuenta que la fotografía se ha instalado en mi interior para acompañarme el resto de mi vida.

 

 

     Surge una etapa en la que me lanzo de lleno en la creación del que ha sido mi proyecto fotográfico más importante: el blog www.elpaisajeperfecto.com. Del 2012 al 2017 voy escribiendo, fotografiando paisaje natural y, sobre todo, mejorando mi percepción de lo que significa la fotografía para mi. Con la llegada de nuevos métodos de comunicación para aficionados y profesionales de la fotografía los blogs escritos comienzan a perder fuelle y decido dejar el proyecto a un lado, es el momento en el que me abro definitivamente a una creación fotográfica más madura, a trabajar con series y, sobre todo, a apartarme del estilo instagramista para buscar en la fotografía un medio de expresión estrictamente honesto con mi visión, mis emociones y mi modo de entender la fotografía de naturaleza.

 

 

Te invito a que visites la galería en la que he recopilado las 100 fotografías más importantes de estos 18 años:

 

www.pablossanchez.com/retrospectiva


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Buscando la Friedrichcidad

 

 

      No pierdo la ocasión de visitas los mejores museos que tengo a mi alcance. En ellos recorro salas y pasillos incansablemente en busca de los grandes maestros de la pintura de paisaje: Friedrich, Turner, Rousseau, Ruisdael, Cole, Carlos de Haes... entre los más conocidos. 

 

     Una semana después de una de las visitas más inspiradoras que he tenido, al Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, me he sorprendido a mi mismo alejándome de los marcados patrones estilísticos de la fotografía de paisaje actual hacia composiciones más pictóricas.

 

 

 

 

      Si es cierto que las condiciones atmosféricas, la orografía y la luz del momento hicieron la mitad del trabajo por mí, pero estoy convencido que existe un enriquecimiento subconsciente de nuestra percepción. Nosotros elegimos cómo alimentamos esa capacidad de expresarnos a través de la fotografía, personalmente tengo muy claro que hoy me decanto por lo sublime y majestuoso de los paisajes de los grandes maestros de la pintura.

 

 


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Mañanas de frío y niebla

 

 

      Una vez escuché a alguien decir que: después del otoño y la primavera, e incluso el verano, el invierno es mi estación favorita. Evidentemente el invierno no estaba tratando muy bien a aquella persona; día tras día cielo gris y ni una única oportunidad fotográfica. 

 

     Todos los que fotografiamos en la naturaleza nos entusiasmamos con facilidad ante los colores otoñales; la frondosidad primaveral nos impulsa a descubrir la vida en cada rincón; pero el verano y el invierno siempre quedan en un segundo plano. Para mí, somos muy injustos con una de las estaciones más atractivas en latitudes medias.

 

     Aunque en la península Ibérica suele predominar el tiempo anticiclónico en invierno: una atmósfera estancada, sucia y llena de estelas de aviones, cielos de monótono azul y ambiente relativamente seco; pero para los que madrugan es muy probable que este tiempo anticiclónico traiga mucho frío y eso significa ramas de árboles helados, ese frío trae niebla, condensación y hielo. En invierno se encuentran algunas de las mejores oportunidades fotográficas, intenta aprovecharlas y encontrarás una estación favorita más.

 

 


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Mis 9 favoritas del 2019

 

 

      El año termina y llega el momento de recopilar lo bueno del que se va y proyectar el que viene. De vez en cuando, a lo largo del año que dejamos atrás, me ha venido a la mente la idea de esta recopilación y siempre me repetía una y otra vez lo mismo "no he hecho ni 9 fotos decentes este año". Todo cambió al llegar septiembre.

 

     Este año he cumplido uno de mis sueños fotográficos: visitar Namibia con un todoterreno con la tienda de campaña en el techo. Recorrimos todo el país durante casi dos semanas y saqué todo el provecho que pude pero, seamos sinceros, me hubiera quedado un par de añitos más fotografiando allí. Aunque no lo podría calificar como "viaje soñado", hacía mucho tiempo que tenía programada una visita al sur de Inglaterra desde Dover hasta Salisbury, fue un viaje realmente encantador pero fotográficamente un desastre por causas que no cabe argumentar aquí.

 

     Finalmente, este año, para mí ha destacado por una etapa muy pasiva en la primera mitad del año y una etapa muy activa a partir del verano, cuando he visitado varios bosques en otoño (Urbasa, Otxarreta, Honfría...), la costa asturiana durante el congreso AEFONA, varias visitas a mi querida Sierra del Espinazo y varias escapadas para pequeños proyectos fotográficos.

 

Espero que disfrutes de esta selección que con tanto cariño he preparado, gracias por tu visita.

 

 

Catedral de Salisbury desde el río Avon.

Oleaje en la playa del Sablón.

Amanecer en Quiver Tree Forest.

Avellanos, niebla y otoño en el bosque la Honfría. Los árboles de Dead Vlei.

Luz delicada en el Laberinto de Arno.

Una casa en Kolmanskoop.

Atardecer de Etosha.

Arco y montañas de Spitzkoppe al atardecer.



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Fotografía en buena compañía

 

     Del 6 al 8 de diciembre, como suele ser habitual en estas fechas, se celebró el congreso AEFONA 2019. En esta ocasión tuvimos la suerte de poder disfrutar de un entorno que cuenta con unas localizaciones fotográficas muy atractivas para la fotografía de paisaje: como es la playa de Bayas.

 

     En esta playa nos reunimos unos cuantos para hacer una escapada al amanecer. Era el sitio que estaba previsto dentro del programa del congreso, lo que no estaba previsto es que nos reuniéramos un número tal como aquel día. Por lo general, en las salidas fotográficas del congreso hay una buena afluencia de público, pero parece que aquel día, atraídos por una localización singular pudimos disfrutar de una multitudinaria sesión.

 

     Personalmente me decanto por fotografiar en soledad, pero hacía mucho tiempo que no lo hacía en compañía, en especial de buenos amigos. Como cada año es un placer volver a reencontrarnos en el congreso anual de AEFONA, disfrutar de extraordinarias ponencias, comidas y cenas con interminables charlas sobre aventuras fotográficas y experiencias en la naturaleza. Como cada año, vuelvo del congreso AEFONA con muchas ganas de que llegue el próximo.

     


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Las mejores luces de mi vida

 

     Llega un día en el que decides darle una vuelta de tuerca a tu modo de fotografiar y planeas salir mucho antes del amanecer, ubicarte en un lugar concreto tras caminar varios kilómetros en la más profunda oscuridad. Hasta entonces la fotografía simplemente me encantaba; aquellas luces del 10 de octubre de 2012 me cambiaron para siempre, en ese momento supe que la fotografía se convertía en una pasión que me acompañaría toda mi vida.

 

     Hasta hace pocos días nunca había tenido la ocasión de repetir una situación que se asemejara a la de aquel amanecer de otoño. Cientos de salidas en playas, montañas, desiertos, humedales... en ningún lugar de ningún país había encontrado una situación que estuviera a la altura.

 

     De una de mis últimas salidas por "mi hogar" fotográfico, la sierra del Espinazo, me quedó pendiente probar una localización. De manera muy casual hace unos días fui exclusivamente a ubicarme en un punto que había localizado en la anterior salida para probar qué pasaba con el sol en estos días, una posición avanzada hacia el solsticio de invierno. Lo más probable es que no hubiera salido a hacer fotos, que aquella tarde no hubirrs estado allí, pero el destino quiso que otro espectáculo de luz inigualable se presentara ante mi cámara.

     

 

     El sol se coló entre un pequeño hueco en las nubes para iluminar la atmósfera cargada de humedad del valle. Un espectáculo que tiñó de naranja las montañas durante menos de un minuto ¡si! tuve menos de un minuto hasta que el sol se volvió a esconder para no volver dejarse a ver aquel atardecer. Aunque hay ocasiones en las que he presenciado espectáculos de luz más increíbles que este, no había tenido ocasión de fotografiarlos.

 


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El mundo desde una perspectiva etérea

 

     Cuando hace tan mal tiempo que la mayoría de las personas, con capacidad para razonar, se quedarían en casa, es cuando surgen las mejores oportunidades fotográficas. Hace 6 años ni siquiera hicimos cálculos del panorama metereológico que nos íbamos a encontrar, sólo sabíamos que haría muy mal tiempo, pero la experiencia nos decía que surgían buenas oportunidades. 

 

     Llegamos al risco de La Torrita poco antes del amanecer, no había dejado de caernos agua durante la hora y media que tardamos en llegar desde el coche. Con las primeras luces, a pesar del chubasquero, estaba empapado, más incómodo que un gato en la bañera. Todo se olvidó cuando apareció ante nosotros aquel espectáculo irrepetible, incluso nos olvidamos de hacer fotos. Llevábamos una idea en la cabeza pero la razón desapareció y comenzamos a disparar  con el teleobjetivo a los jirones de niebla que parecían jugar al escondite entre las montañas. El puntito rojo a la derecha del risco soy yo:

     

 

     Hace unos días encontré una situación parecida. El mal tiempo me motivó a fotografiar un bosque de hoja caduca en plena otoñada, pero antes de que la luz llegará decidí asomarme al amanecer a un alto para ver si con el mal tiempo se producía el milagro de la luz. Las condiciones de esta mañana me recordaron a las de hace 6 años y disparé con la misma perspectiva que aquel día. Al repasar las fotos encontré un nexo, no sólo estilístico sino también emocional, con una pequeña diferencia: hace 6 años aquellas fotos quedaron olvidadas en el disco duro, sabía que eran buenas pero ahí quedaron. Ahora, con más experiencia, he podido mezclar las fotos de ambas sesiones para dar vida a la serie más "madura" desde que tengo una cámara entre las manos, bienvenidos al planeta etéreo: 

 


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Ser rico no es sólo tener dinero

 

     Esta foto no es más que puro "postureo" pero hay veces que me encaja una persona en algunos paisajes, humanizarlos para transmitir algunas emociones que el paisaje por sí mismo no puede. Hace unos días, mientras fotografiaba estos riscos me encontraba realmente satisfecho, por una parte por volver a la sierra del Espinazo tras una temporada sin ir por allí y por otra por encontrar una nueva localización para fotografiar. 

 

     Sentir satisfacción por llevar unos meses sin ir es comprensible, pero ¿por encontrar una nueva localización? pensaréis que el mundo está lleno de lugares que aún no han sido fotografiados, al menos desde una perspectiva artística-paisajística. En esta sierra he recorrido más de 300 km en los últimos 8 años, más de 40 salidas fotográficas; no es que lleve la cuenta pero hace unos días, tras subir la ruta de la última salida marqué la opción de visualizarlas todas en el mapa y me sorprendió la cantidad de veces que he pasado por algunos sitios, dejo foto:

     

 

     En definitiva, estaba fotografiando estos riscos y, como he dicho, me sentía tan satisfecho que estaba absolutamente convencido que, al menos en ese momento delante de aquellas rocas, con mi cámara y el sol asomando entre las montañas no necesitaba nada más para ser feliz, me creía la persona más rica del mundo. Entonces comencé a pensar que, la riqueza es algo objetivo, es rico el que posee bienes materiales, pero ¿existe alguna definición para esta sensación? ¿es algo puramente objetivo? o ¿una persona que tiene más de lo que necesita es rica? 

 


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Huele a otoño

 

     De todas las estaciones la que me despierta más escandalosamente de mis letargos fotográficos es el otoño. Para mí es una estación casi mágica en la que el silencio y la paz del bosque te envuelve entre humedad, luz y una pequeña explosión de vida antes de la llegada del crudo invierno. Todas las salidas fotográficas que más me han marcado, en un modo u otro, siempre se han producido en otoño. En el centro de la península el verano no ofrece muchas posibilidades, pero con la llegada del otoño llegan los colores a los bosques caducos, las primeras lluvias transforman el paisaje semiárido y el solsticio cambia la posición del sol para ofrecer una luz especial que se transforma en un espectáculo de luz al amanecer y atardecer.

 

     Repito localizaciones en esta época: Garganta de Bohoyo, Bosque de la Honfría, El Tiemblo, Ogesto... en Urbasa he estado en varias ocasiones, pero nunca en la zona del laberinto de Arno. Aunque cuando he estado, las primeras hojas comenzaban a coger color, y apenas puede hablarse de otoño me he encontrado un bosque que si le damos una semanita más ofrecerá un espectáculo singular. Las lluvias y las temperaturas de los últimos días han hecho que las hayas definitivamente corten el flujo de savia, la clorofila se retire y comiencen a dominar en las hojas los tonos dorados de las sustancias que comienzan a oxidarse en ellas.

 

 

      Tengo mil planes en la cabeza ahora que parece que ha llegado el momento ¿y tú? Prepárate para los próximos días, el otoño ha comenzado, ahora sí, delante de nuestras cámaras.

     


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Gigantes de otros tiempos

 

     Cada año planifico las visitas en función de la estación y el embalse de la Almendra suele tener su hueco reservado entre la primavera y junio en función del nivel del agua embalsada. La escasez de precipitaciones de este año ha provocado por una parte que el nivel mes tras mes sea lo suficientemente bajo como para que los tesoros escondidos bajo el agua continúen emergidos y, por otra parte, el resto de localizaciones que tienen su lugar en estas fechas no han llegado a alcanzar el suficiente atractivo por este mismo motivo.

 

     Antes del cambio de hora el amanecer es ideal, que el sol salga a las 8:30 h te permite llegar a la localización sin que haya que madrugar demasiado. Suena el despertador a las 5 de la mañana. A las 5:30 h comienzas a conducir con la ciudad el campo aún durmiendo. Llegas a las inmediaciones del embalse, silencio absoluto, negrura total, soledad. Con la tenue luz del frontal comienzas a caminar por el paisaje muerto del lecho del embalse seco, una hora más tarde, sobre las 7:15 h llego a la zona que he seleccionado y comienzo a explorar.

 

     El objetivo de esta salida son las grandes encinas, sin lugar a dudas. La mayoría de los ejemplares más grandes ya no están en pie, es un suelo poco profundo, las raíces crecen muy disgregadas y las largas temporadas expuestas a los elementos y la gravedad fuera del agua han hecho su trabajo. Tras varias largas exposiciones con los primeros resquicios de luz del día comienzo a escrutar el cielo para estudiar la dirección de las nubes y como estas pueden interactuar con los rayos del sol cuando emerjan y está claro que los cirro-cúmulos que se desplazan de sur a norte son el mayor atractivo. Dos exposiciones intercaladas por unos minutos para calcular dónde estarán unos 15 minutos antes de que salga el sol, que será el momento en que por la altura a la que están se iluminen, y ya sé hacia dónde tengo que disparar.

 

     Selecciono unas encinas que parecen estar perfectamente alineadas entre ellas y con el horizonte. Varias pruebas con ISO alto para que la cámara me confirme lo que creo que veo y coloco el trípode. Aún faltan 20 minutos para que el sol ilumine las nubes, me como el bocata mientras hago varias tomas de prueba. Llega el momento que he calculado y se hace la magia de la fotografía de paisaje:

 

     


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El pueblo del desierto

 

     Kolmanskop puede englobarse en la típica descripción de pueblo abandonado, pero la realidad es que cuenta con una historia tan inverosímil que lo convierte en único. Muy resumidamente se puede decir que se trata de arquitectura colonial alemana de finales del S. XIX y principios del XX cerca de la actual localidad namibia de Lüderitz. En aquella época se encontraban diamantes en las arenas del desierto con relativa facilidad, llegaron a extraerse 1.000 toneladas, lo que hace que económicamente sea viable una ciudad tan extravagante como esta.

 

     En pleno desierto del Namib se erigieron casinos, escuelas, hospital, mansiones, estación de tren... y los colonos alemanes de la época querían sentirse como en su Baviera natal impregnando a la arquitectura de estas construcciones del más puro estilo de la región alemana. Los diamantes comenzaron a escasear, el pueblo se abandonó y el tiempo no perdonó. La arena ha invadido las casas, la brisa marina y el viento del desierto han hecho lo propio para hacer de este pueblo una ruina decadente, de apariencia arquitectónica descontextualizada que nos traslada a otra época, casi a otra realidad paralela. 

 

     ¿Merece la pena recorrer 600km para ver este lugar? puede que la galería de imágenes te ayude a responder a esta pregunta. He tratado de capturar la esencia del sitio centrando la atención en puertas y ventanas, como símbolos del paso de una época a otra, de aquella realidad minera colonial a la turística de hoy en día, del momento en que la fiebre de los diamantes le permitía vivir en su burbuja de opulencia a la mas fiel y cruda realidad en la que el desierto reclama su lugar.


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Los árboles eternos

 

     Sales de casa y sabes que te quedan por delante 15 días disparando fotos en Namibia, para ser más concreto he hecho unas 4000. Sabes que hay una serie de localizaciones que tienen un potencial mucho mayor que otras, las has estudiado más o simplemente coincide que, en el momento que las visitas, es cuando muestran su mejor cara.

 

     Sabía que el desierto de Namib era una de las joyas del viaje y, dentro del Namib, más concretamente lo era Dead Vlei. Creo que nunca podré olvidar mis sensaciones al ver por primera vez este lugar: caminas por la arena durante unos 15 minutos y cuando terminas de subir una pesada duna aparece este lugar a lo lejos. Una explanada blanca de pocas hectáreas salpicada por algo menos de medio centenar de árboles. Bajas la duna para llegar a la superficie blanca, un lecho de lago seco de arcilla blanca cuarteada, una locura ¡sólo el suelo da para un día entero sin levantar la cámara! Levantas la cabeza y en el momento que ves el primer árbol la mente comienza a divagar, piensas Fondo oscuro, reflejos de la luz del sol del suelo, tangencia de ramas, atmósfera cargada de polvo, sol lateral, enmarcar con las ramas... si hubiera puesto en práctica todo lo que se me pasó por la cabeza en apenas un instante todavía seguiría haciendo fotos allí.

 

     En definitiva, en Dead Vlei se pueden hacer algunas fotos buenas, pero no son las fotos el tesoro más valioso que me he traído de allí. Aquí he podido vivir una de las experiencias más intensas del viaje a Namibia (una de tantas) y es una percepción del tiempo más allá de la existencia humana. Allá por el año 1200 crecían estas acacias de las que hoy sólo quedan troncos ennegrecidos por el abrasador sol del desierto, la arena, que un día las enterró llegó hasta aquí hace 5 millones de años arrastrada por un caudaloso río del que hoy no queda ni el nombre, y el lecho arcilloso nos lleva a una época mucho anterior, te das cuenta que el ser humano es sólo una pequeña fracción de tiempo en la existencia de este sitio, te sientes pequeño, insignificante, ante un lugar que es uno de los protagonistas de la eternidad de nuestro planeta.


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Un nido frente a mi ventana

     Puedo considerarme afortunado porque una pareja de palomas ha elegido la acacia frente mi ventana para construir su nido. A escasos dos metros he ido viendo como día a día iban colocando ramita a ramita en el nido, la puesta de los huevos y tras la incubación ha llegado el gran momento: el primer polluelo. 

 

     La llegada al mundo de este pequeño ha coincidido con una fecha que le imponemos en el calendario a los animales salvajes: la apertura de la media veda. Con la llegada de agosto llega uno de los momentos más felices para los cazadores pero también uno de los más difíciles para las especies calificadas como cinegéticas. Miles de cazadores salen al campo tras el parón de primavera/verano para volver a la actividad que tanto les apasiona.

 

     Hasta el 25 de agosto no debería cazarse ninguna paloma pero... ¿qué ocurre si a uno de los cazadores de gatillo fácil (casi todos) se le cruza una paloma antes de esa fecha? Pues que le va a disparar sin dudar. ¿Qué ocurrirá con los polluelos que están esperando en el nido? Que morirán y al próximo año no habrá ni paloma ni polluelo. Así de sencillo.

 

     No sólo es importante que los cazadores respeten fechas, cupos y especies, es necesario un control más intensivo de la administración sobre la ecología de las especies, la educación y las aptitudes de los cazadores para evitar que las poblaciones de muchas especies salvajes se encuentren al límite de su existencia. Uno de los representantes del colectivo cinegético calificaba en los medios de comunicación el pasado 15 de agosto la apertura de la media veda como catastrófica en cuanto a capturas. Era de esperar. El próximo año se repetirá la misma historia.


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Paisajes Romanticistas de Inglaterra

     Parece que la fotografía reinventa constantemente nuevos métodos y técnicas para que los que aprietan el disparador tengan a su disposición las herramientas adecuadas para poder expresarse. Creo que echar la vista atrás, a los paisajistas romanticistas puede ser un campo muy amplio en el que poder encontrar un nuevo área de trabajo y, sobre todo, mucha inspiración. 

 

     El romanticismo es un movimiento que se desarrolla en la primera mitad del siglo XIX para par prioridad a los sentimientos frente a las normas más rígidas del Neoclasicismo. Sabía que un viaje a Inglaterra, visitando castillos, grandes catedrales góticas y paisajes que inspiraron a pintores romanticistas hace casi 200 años, iba a nutrirme en este sentido.

 

     Esta fotografía representa la catedral de Salisbury en la misma perspectiva que John Constable la representa en 1830 en su obra "Salisbury Cathedral from the Meadows". Ni mucho menos consigue atrapar la esencia temporal y la sublimidad con la maestría que lo hace Constable, no por las limitaciones de la fotografía en ese sentido frente a la pintura; es un campo en el que la fotografía digital puede desarrollarse (y al que me sumo) para que la fotografía de paisaje pueda encontrar una vía de escape frente a los cánones tan rígidos y estridentes de "belleza" que saturan las redes hoy en día. 


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Las tierras muertas de Valjagado

 

     Un día descubres que en los libros están las respuestas, comienzas a leer autores americanos que te cuentan sus andanzas fotográficas por los desiertos del medio oeste; es más que suficiente para que un entusiasmado aprendiz de fotografía de paisaje idealice el concepto de belleza en sujetos inertes. Un tiempo después, en una etapa de búsqueda enfermiza de localizaciones en Google-Earth una foto de amigos en excursión de domingo lo cambia todo. La foto se titulaba Rasica.

 

     Cielo azul, rocas entre indio y beis de granito que con la intensidad de la luz directa del atardecer el medidor del modo automático de la compacta con la que estaba hecha la foto los había intensificado hasta llegar a un acertado error. Sobre las piedras dos personas. Esta escena no hubiera significado nada para mí de no ser porque aquellas rocas me trasladaron al instante a los desiertos americanos. Exploré aquella zona, Rasica, y pronto descubrí que no era más que el lecho desprovisto de vida de un embalse. No era el paisaje eterno de Death Valley, Arches o Monument Valley pero me servía para dar rienda suelta a la ausencia de vida natural como concepto de belleza.

 

     Han pasado varios años, más de los que me atrevo a contar sin dejar escapar un suspiro, desde que una tarde de junio Jenny y yo nos dejamos nuestras huellas en la arena granítica. Atardecer, merienda sobre las rocas, un par de nocturnas y el gusanillo de repetir. Han sido muchas visitas y con cada una he descubierto muchos nuevos motivos para volver, pero nunca había estado al 40% (en un territorio de unas 20.000 hectáreas bajo el agua el nivel lo cambia todo). Ahora he encontrado un bosque de encinas petrificado, un gran hito de granito que sobresale sobre el agua y, lo que es más importante: he perdido el miedo a hacer fotos (ya no creo que si no hago lo que hacen los demás no lo hago bien).

 

     La foto no tiene truco, está disparada directamente a blanco y negro. Atardecer a mi espalda, un claro sobre el horizonte a la derecha de la encina muerta. Filtro degradado para dar dramatismo a la encina perfilada sobre el claro y dejar algo de detalle sobre las rocas del primer término. Unas curvas en Photoshop y listo.


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El mundo de los sueños

 

     Cuando juegas con fuego te quemas, o eso nos han hecho creer siempre. Algo parecido pasa con la multiexposición en cámara, una vez comienzas no puedes terminar una foto, siempre necesitas añadir más, hasta que la estropeas, o no. Esta foto la realicé en abril de 2017. Bien, en realidad tendría que hablar de "estas fotos" porque hay unas cuantas apiladas; aclarado esto, comenzaba a profundizar en esta técnica y esta foto parecía ser la culminación a aquellos días en el delta del Ebro.

 

     Un motivo atractivo, marea a buen nivel, el sol a un buen ángulo con respecto al sujeto... pero un cielo aburridísimo. No había forma de hacer algo que me gustara: multiexposiciones con diferente matiz para conseguir contraste tonal, varias secuencias hasta que conseguí una que me gustó, pero el cielo seguía carente de interés. Unos minutos más tarde jugaba  con el desenfoque del reflejo del sol en el suelo fangoso de la marisma, esos tonos azulados y los puntos de luz me recordaron al cielo nocturno ¡tachán! ya sabía cual era la pieza final para la imagen multiexpuesta.

 

       No estaba preparado para hacer la foto, diez intentos y no conseguía superponer en el cielo los reflejos del sol en el agua. Era evidente que no era posible no superponer el rudimentario "Tori tarraconense". Repasando estos días fotos antiguas para continuar completando mi herbario fotográfico encontré estas fotos, rápido vinieron a mi mente las sensaciones de aquella mañana, como parecía estar sumido en un sueño mientras trataba de crear algo con lo que sorprenderme a mi mismo, pero que a la vez brotaba de mi subconsciente ¿es posible? sólo si crees que se puede soñar despierto.


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Taller de iniciación a la fotografía de naturaleza

 

    El primer fin de semana de febrero impartiré un taller de iniciación a la fotografía de naturaleza. Este curso está dirigido a alumnos que deseen iniciarse en la fotografía, aprender a manejar su cámara y poder sacar el máximo provecho a su equipo. El taller, que cuenta con una parte práctica y otra teórica de dividirá entre cuestionarios on-line, talleres prácticos y clases teóricas en el aula.

 

     Organizado por el Centro Integrado de F.P. Lorenzo Milani (Salamanca) https://www.fpmilani.com/ - este taller se engloba en el conjunto de cursos profesionales que cada año ofrece el centro para complementar su formación académica y, por lo tanto, los alumnos que realicen el taller, recibirán el correspondiente diploma acreditativo. 

 

Fechas: 1, 2 y 3 de Febrero

Lugar: Centro Integrado de F.P. Lorenzo Milani,

Aldehuela de los Guzmanes s/n CABRERIZOS (Salamanca)

Horas lectivas: 20 (6 on-line y 14 presenciales)

Precio: 55 €

Plazo de inscripción: hasta el 28 de enero

Programa: 

- Principios de la fotografía digital

- Equipo y material fotográfico

- Disciplinas fotográficas de naturaleza

- Principios del lenguaje fotográfico y la composición

Horario:

Viernes: de 17 a 19 presentación y clase práctica, de 19 a 21 clase teórica.

Sábado: de 17 a 19 clase práctica, de 19 a 21 clase teórica.

Domingo: de 8 a 16 clases teóricas y prácticas con paradas para descansar.

 

Más información: pablo@pablossanchez.com

 


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Mis 9 favoritas del 2018

 

 

      Hay tradiciones que tienen un sentido, otras que se hacen por rutina, unas que surgen y otras que te "obligas" a seguir. Me pregunto como encajaríamos en este contexto los que hacemos una recopilación de fotos anuales. Me gusta echar la vista atrás y volver a vivir las experiencias fotográficas del año, en cierta medida, volver a repasar todas las fotos de las salidas y viajes del año me traslada de nuevo a esos lugares y momentos fotográficos.

 

     Aunque mi gran pasión es el paisaje natural, esta disciplina fotográfica, entendida en un sentido estricto, se me queda pequeña y últimamente, estoy encontrando cierto estímulo al explorar más allá de sus límites creativos. Me he dado cuenta que ha sido un año en el que he roto mi molde y he comenzado a expandirme en varias direcciones aleatorias: conceptualismo, paisaje nocturno, blanco y negro, imagen digital, paisaje urbano y humano... Y un claro ejemplo de esto son estas 9 fotos que recojo aquí, faltan algunas, pero creo que aquí se encuentran las más representativas de lo que he hecho este año.

 

     Arriba, izquierda: reflejos en un charco junto al río Batuecas. Tras pasar el día entero fotografiando lo que veía, al final del día, cuando la luz comenzaba a escasear cambié a 50 mm, blanco y negro, y dejé que los conceptos fluyeran. Arriba, centro: flores de erizón en la sierra del Espinazo. Mi hogar, he fotografiado tantas veces en esta localización que el perfil de roca de ese "hombre" lo considero casi familiar. La delicadeza de la luz al pasar sobre la mole de roca y el modo en que iluminaba las flores de erizón me pareció una foto muy significativa para mí. Arriba, derecha: Almanzor al amanecer. Un lugar con el que trato ser fiel a una cita anual. Es una localización trabajada a lo largo de los años, sólo hay que buscar un buen primer plano en la nieve y el hielo... y listo. Centro, izquierda: sierra del Espinazo al atardecer. Son tantas veces las que he podido disfrutar de esa perspectiva de la sierra, ya que es el camino que tengo que recorrer para llegar a otras localizaciones, pero nunca he visto una luz tan cautivadora como la de aquella tarde de tormenta. Centro, centro: nubes y estrellas en Bardenas. Por "accidente" tuve que pasar la noche allí, suerte que pude dormir en el coche. No me resigné a mi suerte y aproveché para hacer algunas fotos del cielo que me acompañaba. Centro, derecha: cabra y nubes de tormenta en Gredos. Esta foto es el claro ejemplo en el que eliminas el color para darle protagonismo al sujeto, los elementos y a la fuerza que pueden llegar a transmitir. Abajo, izquierda: vista de la acrópolis ateniense durante la hora azul. Uno de los ejemplos de paisaje urbano que he realizado este año. La ruina, un motivo tan melancólico y romántico ofrece a la fotografía de paisaje un motivo realmente atractivo si, como he dicho anteriormente, te atreves a romper tu molde y practicar otros tipos de fotografía. Abajo, centro: erizones del Espinazo al atardecer. Un ejemplo de imagen digital no obtenida en cámara y que, con la tecnología con la que podemos contar hoy en día no podría terminarse en la propia cámara. Aunque no soy asiduo a este tipo de imágenes y confío en que la fotografía es una expresión que se manifiesta a la hora de apretar el disparador y no delante de la pantalla del ordenador, encuentro divertido dar vida a alguna de estas imágenes. Abajo, derecha: iglesia de la ensenada de Barro. Esta idílica escena me llamó la atención desde el primer momento en que la vi hace unos años, una nueva visita a Llanes y la compañía de un amigo fotógrafo eran la escusa perfecta para volver. 

 



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Una nueva etapa

Una foto para el recuerdo, uno de los tantos momentos que he pasado con compañeros de AEFONA. Tras cuatro años en la junta directiva de la asociación de fotografía de naturaleza más importante en nuestro país dejo a un lado el papel activo en la gestión para abrir una nueva etapa.

Hablaría de las dificultades, de los malos momentos, los problemas asociados a la labor que he desempeñado estos años, pero eso ha quedado en el olvido, me quedo con momento como en el que se realizó esta imagen: encuentros de socios en los que la naturaleza y la fotografía son el hilo conductor, pero al final lo que surge es la amistad con personas con las que compartes esta pasión.

No quiero dejar a nadie en el tintero, no es necesario citar ni dar agradecimientos a aquellos que ya saben lo que me han marcado en estos años. Dejo atrás la actividad en la gestión de la asociación pero no a las personas que considero compañeros de fotografía y amigos de verdad. Nos vemos pronto, seguramente en el campo, con una cámara entre las manos.


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Fotografiar sensaciones

     Amaneció Soto de Sajambre con una fina capa de nieve sobre los tejados. Una mañana fría en la que la niebla cubría las cumbres circundantes de Picos de Europa. Salimos a pasear mi mujer y yo por el camino que lleva a Vegabaño con la certeza de que no tardaría mucho en volver a llover o incluso a nevar. La pendiente del primer tramo mitigaba el frío y el entusiasmo de los que llevan una temporada sin recorrer la naturaleza nos hizo ignorar la lluvia.

     A medio camino, cuando se cruza el río Agüero, encontramos unos prados que, cada vez que he pasado por allí me han parecido uno de los paisajes más idílicos de la zona. La nieve cubría la superficie de hierva y sobre las laderas las hayas oscuras sin hojas, hojas aquí y allá, las últimas pinceladas de un otoño que, tal como nos habían contado en el pueblo, había sido mucho más corto de lo habitual.

     Lo que había sido una lluvia ligera durante la mañana se intensificó cuando recorrimos estos prados, notábamos que estábamos calados y el frío comenzaba a colarse en los abrigos. Fotos aquí y allá, pero me llamaron especialmente la atención las ramas y troncos de las hayas que contrastaban con el cielo gris. No conseguía mantener la lente limpia y la lluvia terminó por ser mi aliada, colocando la única zona limpia para dejar nítido uno de los árboles bajé la temperatura de color para dar predominancia a los tonos azules. Al final conseguí una fotografía que cada vez que la vuelva a ver me traslada a aquella fría mañana en los bosques de Soto de Sajambre.


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Mi top 10 de bosques para el otoño

 

    Fotográficamente hablando, llega uno de los momentos más excitantes del año ¿el otoño? si. Pero tanto como el otoño, me encanta ese momento de hacer planes para fotografiarlo. Comienzas a hacer memoria de los bosques de los que más has disfrutado, otros que tienes en mente pero que nunca has estado y nuevas propuestas que surgen por el camino. Por eso, este año he querido hacer un pequeño recopilatorio de, entre los que conozco, cuales son los 10 mejores bosques para fotografiar el otoño.

 

     Llegar a un bosque en el momento de clímax del color otoñal es una experiencia que nos llena la mente (y la tarjeta de memoria). Desde hace años no falto a mis citas otoñales para conseguir buenos momentos entre la soledad del bosque, y de camino alguna que otra buena foto. De entre todos los lugares que he visitado, y otros que tengo en mente visitar creo que los mejores bosques de la península ibérica en otoño son:

 

1. Urederra, Baquedano (Navarra)

2. Vegabaño, Soto de Sajambre (León)

3. Saja-Besaya, Bárcena Mayor (Cantabria)

4. Hayedo de La Biescona, Colunga (Asturias)

5. Bosque de la Honfría, Linares de Riofrío (Salamanca)

6. Hayedo de la Pedrosa, Riaza (Segovia)

7. Castañar de Ojesto, San Martín de Trevejo (Cáceres)

8. Castañar de El Tiemblo, El Tiemblo (Ávila)

9. Selva de Oza, Siresa (Huesca)

10. Garganta de Bohoyo, Bohoyo (Ávila)

 

     ¿Tienes planes fotográficos para este otoño? ¿Cuál de estos bosques has visitado? ¿Cuál te gusta más? Deja tu comentario, justo aquí debajo.

 

 


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La playa del ¿Silencio?

 

    Para muchos, los primeros pasos que dan en el mundo de la fotografía están ensombrecidos por darle más importancia al lugar que a la foto. En esa circunstancia me encontraba la primera vez que fui a este lugar, la playa del Silencio. Parece que, si quieres que tu trabajo adquiera notabilidad y sea respetado, necesitas cumplir una serie de requisitos no-fotográficos. Entre estos requisitos, diría que uno de los más relevantes es la importancia que se le da a los lugares populares.

 

     Si tus aspiraciones fotográficas son grandes no te puedes permitir el lujo de que alguien hable de un lugar y no haber estado allí (y de paso contar una batallita). No eres nadie en esto de la fotografía de paisaje si no has estado en Islandia o Feroe, dando por supuesto que has visitado más veces Río Tinto, Barrika, Gueirúa y Urederra que a tu familia. Y, si aspiras a ser un Ansel Adams milenial de manual, ya has estado (y, por supuesto, vas el próximo año) a Dolomitas, Yosemite, Torres del Paine, Dead Vlei... (#noteselaironia).

 

     Respeto cualquier posición y planteamiento en lo que a fotografía se refiere pero, creo que hay cosas que se nos van las manos. Hace una semana estuve por Asturias, volví a la playa del silencio y ha cambiado muchísimo. Coches por todos lados, miradores abarrotados, gente, gritos, gritos, gritos,.... de todo menos lo que le da nombre: silencio. Observo un patrón que se repite: aparcar, mirador, "selfie" y siguiente; esto no es más que el reflejo de una actitud materialista y superficial con los lugares en general y la fotografía en particular.

 

     ¿Dónde nos dejamos la satisfacción personal? la mayoría de la gente en la fotografía se preocupa más del perfil público que de los valores que nos puede aportar el hecho de realizar la fotografía en sí, ese momento, cuando disparas, haces algo relevante si lo haces tú mismo, no lo que esperas que vean los demás. Mira, observa, ama y luego pulsa el disparador. Y un poquito de silencio, por favor.

 

 


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Lugares de los que nunca volvemos

 

    Cada lugar que he visitado me ha marcado en mayor o menor medida, pero siempre, en algún sentido, he creído que el hecho de haber visitado esos lugares me había aportado algo bueno o nuevo. Hace unos días comprendí que era justo al contrario, con cada lugar que visitamos una parte de nosotros se queda allí.

 

     Hacía años que no leía a Pérez-Reverte en su "Patente de Corso", un artículo que podéis encontrar en la publicación XLSemanal. El primer párrafo me cautivó, al leerlo comprendí que mi planteamiento con respecto a los lugares que he visitado podría ser justo al contrario: "Hay lugares de los que nunca regresas del todo. Se quedan suspendidos en el tiempo y la memoria, y de vez en cuando cierras un momento los ojos -a veces ni siquiera hace falta cerrarlos- y te encuentras de nuevo en ellos. Hasta puedes oírlos y olerlos." Tal vez no se trate de que te traigas algo, si no de que una parte de ti se ha quedado allí.

 

      A medida que van pasando los años es una sensación cada vez más sutil, pero con los primeros viajes y lugares que visitaba, siempre, absolutamente siempre, tenía la sensación que una visita fugaz podía compensarse con la esperanza de volver. Con los años terminas convenciéndote que hay lugares a los que nunca regresarás, si no es desde la memoria y la impronta que dejaron en ti las experiencias vividas.

 

      Visitar un lugar implica algo más que la excursión de unas horas desde un ferry o un crucero, algo más que una parada en el camino; deja una parte importante de ti en cada lugar, que tu huella esté muy presente para que cuando quieras volver, te encuentres a ti mismo, y todo en lugar en el que estaba.

 

 


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Nuevos tiempos, buenas oportunidades

 

    Todos teníamos muy claro que este no iba a ser un verano como otro cualquiera. Parece que en estos días calurosos apetece más que nunca perderse en la naturaleza, disfrutar de la sombra de los árboles cuando más calor hace, refrescarse en el río después de una caminata; volver a sentir ese contacto del que nos hemos visto privados durante meses.

 

     Últimamente he realizado varias visitas al valle de Batuecas, lugar que he recorrido mil y una vez pero que parece haberse convertido en el refugio ideal para estas primeras semanas del verano. Allí, entre rutas, visitas y descanso he vuelto a pasar por un lugar geológicamente muy especial; una roca que durante miles de años, el río Batuecas, ha tratado con el mismo cariño que Miguel Ángel lo hiciera con los mejores bloques de Carrara, convirtiendo la roca en pura belleza.

 

 

     Cargado sólo con el 50 mm fijo he vuelto a fotografiar esta zona en las mismas condiciones en las que lo hice en 2015, retomando un camino de abstracción que ha despertado la chispa interior con la suficiente intensidad como para volver a trabajar en una idea que surgió hace 5 años: una serie abstracta basada en el río, cómo el agua y su corriente juega con la luz y la roca para abrirnos la puerta a un mundo tan misterioso como atractivo.

  

 

      Aún no tengo claro cómo unir estos dos conceptos para que surja algo coherente, pero el el hecho de volver a trabajar en esta zona y en estas ideas me motiva muchísimo. No tengo claro como lo haré, pero sé muy bien cómo quiero pasar estas tardes de verano: junto al río, en buena compañía y disfrutando del agradable abrazo que sólo lugares como Batuecas pueden ofrecernos.

 

 


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Lugares que invitan a soñar

 

    Hay sitios que nos marcan de una manera especial. La mayoría de los que vean esta foto pensará en lo obvio que resulta resaltar el río Tinto como un lugar que nos puede marcar fotográficamente, pero la cosa no va de eso, es algo más personal.

 

     En septiembre del 2017 con unos días por delante decidí "perderme" en el Tinto. Nunca había estado pero tampoco era un lugar que me entusiasmara especialmente. Llegué el primer día, al mediodía, cuando los 30 grados quedaban muy abajo en el termómetro y me metí por una pista que deducía que llegaba hasta la mitad del río. No había explorado ni investigado apenas antes, simplemente iba a pasar unos días y ver qué me encontraba.

 

     Al final de la pista había un pequeño descampado con cemento, una fuente y unos metros más adelante, a unos 10 metros del río un descampado en el que podía "montar campamento", comer, pernoctar... Tenía claro que el sitio era el ideal. La primera toma de contacto fue sobrecogedora: el olor, el color, las texturas... estaba realmente sorprendido. Pasé la tarde recorriendo parte de la vía abandonada, recorriendo el lecho del río y haciendo algunas fotos; me alejé demasiado y me pilló el crepúsculo no muy cerca del sitio que había elegido como "campamento". Problemas con el equipo para dormir y la noche cayó, tuve que dormir en el coche.

  

      El agotamiento del día anterior me hizo dormir ocho horas del tirón, puede parecer que todo salía demasiado bien pero me despertó el sonido de la berrea de un ciervo a pocos metros del coche. Salí, lo vi alejarse entre los matorrales pero en el barro de la orilla del río estaban sus huellas y aún podía intuir su olor. Desayuné y el entusiasmo de toda una jornada con el río y la cámara no hacía más que hacer que me regocijara en el momento tan agradable en el que me encontraba.

 

      Dos días después me resultó muy impactante volver a uno de los pueblos al salir de la pista (no recuerdo cual). Aislado en el río, sin ver a nadie, en plena naturaleza y disfrutando del espectáculo de colores y texturas que el río Tinto le ofrecía a mi cámara hace que aquel lugar en aquel momento haya sido una de las experiencias fotográficas que recuerdo con más nostalgia. Estas fotos representan lo que son para mi aquellos días, casi como un sueño, de esos de los que tenemos despiertos.

 


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El camino hacia imágenes más personales

 

    Desde hace muchos años he tenido en mente la idea de recorrer Namibia en un 4x4. Veía las fotos de esos todo-terreno con la tienda de campaña en el tejado e instintivamente mi mente viajaba hacia una sensación de libertad infinita. Me imaginaba a mi mismo acampando en cualquier parte, recorriendo los parques naturales en total libertad, disfrutando de la noche a salvo en la tienda del techo, pero lo cierto es que de la expectativa a la realidad suele encontrarse la decepción.

 

     Desde mi idea inicial hasta el viaje que realizamos finalmente hay una diferencia abismal, no sólo porque la situación no fuera tan favorable como imaginábamos para recorrer el país en libertad si no por mi mismo. Los parques naturales están muy restringidos al acceso y la circulación, hay zonas del país en las que es fácil no tener una sensación de seguridad absoluta; pero lo que más nos limitó fue la propia planificación del viaje.

 

     Con la experiencia de muchos road-trips a las espaldas la planificación de los recorridos, localizaciones y visitas fue óptima. Todos los lugares que queríamos visitar los visitamos, todo en el momento más adecuado y sin grandes imprevistos; pero esto fue lo que condenó la idea de libertad que me impulsaba desde hace muchos años a hacer algo así. Esta idea no es algo que percibiera en el momento, es algo que he podido ver en perspectiva, cuando con la idea de proyectar un viaje parecido percibo que comienzo a dejar que la planificación condene la sensación de libertad.

  

      Al revisar el archivo he encontrado que lejos de percibir las mejores sensaciones en las fotos de los hotspots que visitamos de manera programada, los mejores recuerdos me llegan a través de las fotografías realizadas durante los desplazamientos, en medio de paisajes infinitos y en momentos que no estaban programados. He aprendido una lección que aplicaré a partir de este momento: programar visitas a localizaciones nos asegura buenos resultados pero, si queremos conseguir una colección de imágenes que contengan una buena dosis de nuestra propia carga emocional, debemos dejar espacio a la improvisación para que de manera natural fluya nuestra conexión con el lugar que fotografiamos.

 


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La primavera que no se fotografió

    Veo fotos publicadas a diario en redes sociales y la mayoría de la gente sigue exprimiendo el archivo mientras ahí fuera está transcurriendo una de las primaveras más increíbles de los últimos años ¿creéis que será recordada como la primavera que nadie fotografió?

 

     Personalmente no me considero fiel visitante de la primavera. Mientras que con otras estaciones tengo citas ineludibles, es en primavera cuando aún no me reengancho del parón de final del invierno, viajo fuera... o simplemente no encuentro motivación; no lo sé. Lo cierto es que no suelo fotografiar en esta estación, pero parece que el no poder hacerlo me provoca un deseo irrefrenable de salir con la cámara: aunque sean 10 minutos delante de un árbol verde.

 

     Este confinamiento es algo que terminará siendo recordado como una especie de pesadilla pero en el camino nos está permitiendo, al menos en mi caso, observar muchos aspectos con una nueva perspectiva. Este nuevo modo de ver las cosas me provoca sentimientos mucho más profundos, reflexiones mucho más íntimas que si mi vida hubiera seguido de modo normal. Por eso, para mí, esta primavera podría estar más representada por una fotografía más sombría que una de árboles con hojas brillantes:

 

 


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Intentar cerrar una puerta y abrir otras cuatro

    Entre 2013 y 2019 fotografíe para una serie en la que tenía clara la idea, había recopilado material de sobra para seleccionar pero aún no tenía título. Entre estos años realicé 21 sesiones, algunas de unas pocas fotos otras de cientos; en estas sesiones, siguiendo el hilo conductor de las capturas principales me dejaba llevar para hacer otras fotos con una técnica muy similar pero una composición y concepto totalmente diferente (primera puerta abierta).

 

     Para terminar la serie me puse a seleccionar las imágenes, editarlas, pero a medida que iba avanzando, con las imágenes seleccionadas encontraba una disociación muy clara: por lo que una parte importante de las capturas fueron descartadas para la serie. Me quedaron un montón de fotos muy interesantes sin serie, sin idea y metidas en una carpeta (segunda puerta abierta).

 

     Llegó el momento del título y a partir de la historia que sugiere encontré el vínculo entre la serie principal y las imágenes descartadas. Esto planteaba un problema: la serie principal era la puerta de entrada, las imágenes descartadas uno de los lugares a los que llegar desde la serie principal y esto me dejaba el proyecto inacabado (tercera puerta abierta). Comenzaron las dudas y realicé una presentación a un especialista que, a pesar de su juicio crítico y que siempre ha tumbado todas mis ideas, le encantó: "¡Esto es buenísimo! exclamó tenemos que ponernos a trabajar en ello y exponer" (cuarta puerta abierta).

 

     Os dejo con un avance de "Horizontes perdidos". No se cuando podré a volver a trabajar en este proyecto, lo que si tengo claro es que la semilla de algo muy grande y en mi trayectoria fotográfica ha germinado.



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Paisajes cazados y recolectados

    Desde un punto de vista fotográfico ser cazador implica confiar en tu entusiasmo, recolector en tu instinto; en este sentido hay quienes deciden y se ciñen a un modo u otro a la hora de afrontar la práctica de la fotografía. Personalmente creo que es un error de manual. La fotografía no se basa únicamente en un único proceso, entran en juego desde factores emocionales a técnicos/mecánicos. 

 

     Establecida esta diferenciación tengo que decir que considero que hay que ser recolector con las localizaciones y cazador con la captura. Guiarnos por nuestros instintos a la hora de encontrar encuadres, algo así me pasó con esta foto de la catedral, cuando llevo "el radar en modo on", voy buscando localizaciones, posibles encuadres en esas localizaciones para dejar paso a mi "yo" cazador. En el momento que tenía la localización y el encuadre esperé durante un mes las condiciones lumínicas, fallé por diversas causas. Analicé mis fallos y volví unos días después a esperar el momento adecuado para capturar la imagen.

 

 

     Es muy difícil encontrar una visión romanticista de un monumento en una ciudad de hoy en día, tuve que localizar una zona que me permitiera aislar al máximo edificios modernos y el entorno urbano. Desde esa localización busqué el encuadre que realzara el monumento y encajara en la estética, ahora sólo quedaba esperar el momento. El anticiclón de invierno me obligó a esperar un mes entero, pero a finales de febrero cambió el tiempo y llegó la oportunidad de nubes y claros: buscaba sol exclusivamente en la catedral. Un primer intento fallido por el frío, las nubes no se colocaron en la posición correcta y me marché antes de tiempo porque estaba cansado de esperar de pié. A los dos días volvían a repetirse las condiciones, compré un taburete portátil y a esperar en mejores condiciones. El milagro sucedió.

 


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Viajar con la mente

 

     Ayer entró en vigor el decreto por el que se declara el estado de alarma. En el artículo 7 del mismo se limita la libertad de circulación de las personas ¿qué significa esto? pues que no podemos viajar, salir a hacer fotos... y si lo haces, si sales de casa para tu recreación la cosa es muy sencilla: no sólo incumples la ley, además, voy a ser muy explícito, los demás pensamos que eres gilipollas.

 

    Somos muchos los que de un modo casi automático establecemos una conexión inmediata (y casi necesaria) entre tiempo libre y viajar. Ya sea para hacer fotos, conocer sitios nuevos, disfrutar de patrimonio natural o cultural... aprovechamos estos espacios de tiempo para dar salida a viajes proyectados desde tiempo atrás, pero esto no es tiempo libre, no nos equivoquemos, esto es un confinamiento obligatorio ¿y si sales para tu recreación? eres gilip...

 

     Es muy probable que en tu casa tengas mil recuerdos de sitios que has visitado, cajas con tickets, cientos de imanes, tazas, piedras, tarros con arena, cientos de fotos almacenadas en carpetas olvidadas del ordenados o en un álbum que almacena polvo en la estantería... cualquiera que sea tu afán coleccionista (o disfunción obsesiva) relacionado con la fotografía o los viajes es el momento de recurrir a la mejor función que pueden desempeñar estos objetos: transportarnos con la memoria visual.

 

     Nuestros sentidos, además de sus funciones ordinarias, nos permiten recurrir a la impronta que ya marcaron en nuestro proceso neuronal; o lo que es lo mismo, nos llevan a los recuerdos y a nuestra experiencia cuando nos expusimos a ese estímulo. Aunque, según los expertos, el olfato es el más poderoso de los sentidos, la vista también puede transportarnos y de ese modo volver a vivir nuestras experiencias, pero que sólo se encuentran en nuestro subconsciente.

 

     Personalmente, dedicaré parte de este tiempo libre a planificar salidas fotográficas y viajes para cuando pase esta situación (porque pronto terminará), pero también quiero aconsejaros que echéis un vistazo a esas carpetas con fotos que muy probablemente guardáis y que no véis desde hace años. Fijaros en los detalles y tratar de recordar cual era vuestra situación en ese momento, qué veíais, a qué olía... y viajad con la mente...

 

 

     Hablamos más tarde, voy a pasar la mañana a los templos y palacios de Jaipur, en India.

 


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Mi mayoría de edad fotográfica

 

     Es tan fácil encontrar satisfacción en el hecho de contar las historias que has vivido mientras fotografiabas; lo que subyace detrás de cada fotografía tiene tanto peso emocional que muchas veces nos ciega (o nos ilumina) para valorar erróneamente una fotografía. He recopilado una galería retrospectiva he dejado a un lado el factor emocional, he recurrido a muchas personas, y muy diversas, pero antes, te invito a que sepas cómo he evolucionado desde mis primeras fotos.

 

 

    En mis primeros años (2002-2007) la fotografía aún no podía considerarme un apasionado, casi ni aficionado. Aunque anterior a esta fecha disparé ocasionalmente con una reflex analógica, en esta etapa utilicé varios modelos de digital compacta (e incluso con móviles cuya cámara apenas superaba los 2 megapíxeles). Fotografiaba naturaleza de forma circunstancial, porque cuando tenía una cámara entre las manos estaba en la naturaleza. Por formar parte de una comunidad online artística mis pretensiones oscilaban entre lo documental y la búsqueda de la expresión personal a través de imágenes pictóricas.

 

 

     Con el paso de los años 2008-2010 encuentro en la fotografía documental de monumentos y en el paisaje urbano una gran fuente de inspiración para la pasión fotográfica que se despierta en mi. En esta etapa adquiero una cámara digital compacta de alta calidad que, al poco tiempo termino por sustituir por una réflex digital. De las ciudades y monumentos a los que tengo la posibilidad de ir no dudo en visitarlos y fotografiarlos casi de manera obsesiva, realizo los primeros viajes internacionales en busca de algunas estampas que se convierten en icónicas para mi pero que, desde la perspectiva, puedo afirmar que los resultados obtenidos en este periodo estaría más justificados por golpes de suerte que por los conocimientos técnicos o compositivos que había adquirido hasta aquel momento.

 

 

     En mi recorrido fotográfico el año 2011 supone un cambio de paradigma absoluto. Del 2010 al 2012 tengo la oportunidad de tener frente a mi ventana un paisaje urbano en el que saciar mi pasión, además, este año veo cumplido uno de mis sueños al poder fotografiar uno de los monumentos más bellos de la humanidad: El Taj Mahal. Consciente de mis carencias en conocimientos de fotografía he comenzado a invertir muchísimo tiempo en tratar de mejorar, especialmente con la lectura de obras de referencia de autores americanos; descubro a los grandes maestros del paisaje y en ellos encuentro una fuente de inspiración infinita; pero, sobre todo, es aquí cuando me doy cuenta que la fotografía se ha instalado en mi interior para acompañarme el resto de mi vida.

 

 

     Surge una etapa en la que me lanzo de lleno en la creación del que ha sido mi proyecto fotográfico más importante: el blog www.elpaisajeperfecto.com. Del 2012 al 2017 voy escribiendo, fotografiando paisaje natural y, sobre todo, mejorando mi percepción de lo que significa la fotografía para mi. Con la llegada de nuevos métodos de comunicación para aficionados y profesionales de la fotografía los blogs escritos comienzan a perder fuelle y decido dejar el proyecto a un lado, es el momento en el que me abro definitivamente a una creación fotográfica más madura, a trabajar con series y, sobre todo, a apartarme del estilo instagramista para buscar en la fotografía un medio de expresión estrictamente honesto con mi visión, mis emociones y mi modo de entender la fotografía de naturaleza.

 

 

Te invito a que visites la galería en la que he recopilado las 100 fotografías más importantes de estos 18 años:

 

www.pablossanchez.com/retrospectiva


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Buscando la Friedrichcidad

 

 

      No pierdo la ocasión de visitas los mejores museos que tengo a mi alcance. En ellos recorro salas y pasillos incansablemente en busca de los grandes maestros de la pintura de paisaje: Friedrich, Turner, Rousseau, Ruisdael, Cole, Carlos de Haes... entre los más conocidos. 

 

     Una semana después de una de las visitas más inspiradoras que he tenido, al Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, me he sorprendido a mi mismo alejándome de los marcados patrones estilísticos de la fotografía de paisaje actual hacia composiciones más pictóricas.

 

 

 

 

      Si es cierto que las condiciones atmosféricas, la orografía y la luz del momento hicieron la mitad del trabajo por mí, pero estoy convencido que existe un enriquecimiento subconsciente de nuestra percepción. Nosotros elegimos cómo alimentamos esa capacidad de expresarnos a través de la fotografía, personalmente tengo muy claro que hoy me decanto por lo sublime y majestuoso de los paisajes de los grandes maestros de la pintura.

 

 


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Mañanas de frío y niebla

 

 

      Una vez escuché a alguien decir que: después del otoño y la primavera, e incluso el verano, el invierno es mi estación favorita. Evidentemente el invierno no estaba tratando muy bien a aquella persona; día tras día cielo gris y ni una única oportunidad fotográfica. 

 

     Todos los que fotografiamos en la naturaleza nos entusiasmamos con facilidad ante los colores otoñales; la frondosidad primaveral nos impulsa a descubrir la vida en cada rincón; pero el verano y el invierno siempre quedan en un segundo plano. Para mí, somos muy injustos con una de las estaciones más atractivas en latitudes medias.

 

     Aunque en la península Ibérica suele predominar el tiempo anticiclónico en invierno: una atmósfera estancada, sucia y llena de estelas de aviones, cielos de monótono azul y ambiente relativamente seco; pero para los que madrugan es muy probable que este tiempo anticiclónico traiga mucho frío y eso significa ramas de árboles helados, ese frío trae niebla, condensación y hielo. En invierno se encuentran algunas de las mejores oportunidades fotográficas, intenta aprovecharlas y encontrarás una estación favorita más.

 

 


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Mis 9 favoritas del 2019

 

 

      El año termina y llega el momento de recopilar lo bueno del que se va y proyectar el que viene. De vez en cuando, a lo largo del año que dejamos atrás, me ha venido a la mente la idea de esta recopilación y siempre me repetía una y otra vez lo mismo "no he hecho ni 9 fotos decentes este año". Todo cambió al llegar septiembre.

 

     Este año he cumplido uno de mis sueños fotográficos: visitar Namibia con un todoterreno con la tienda de campaña en el techo. Recorrimos todo el país durante casi dos semanas y saqué todo el provecho que pude pero, seamos sinceros, me hubiera quedado un par de añitos más fotografiando allí. Aunque no lo podría calificar como "viaje soñado", hacía mucho tiempo que tenía programada una visita al sur de Inglaterra desde Dover hasta Salisbury, fue un viaje realmente encantador pero fotográficamente un desastre por causas que no cabe argumentar aquí.

 

     Finalmente, este año, para mí ha destacado por una etapa muy pasiva en la primera mitad del año y una etapa muy activa a partir del verano, cuando he visitado varios bosques en otoño (Urbasa, Otxarreta, Honfría...), la costa asturiana durante el congreso AEFONA, varias visitas a mi querida Sierra del Espinazo y varias escapadas para pequeños proyectos fotográficos.

 

Espero que disfrutes de esta selección que con tanto cariño he preparado, gracias por tu visita.

 

 

Catedral de Salisbury desde el río Avon.

Oleaje en la playa del Sablón.

Amanecer en Quiver Tree Forest.

Avellanos, niebla y otoño en el bosque la Honfría. Los árboles de Dead Vlei.

Luz delicada en el Laberinto de Arno.

Una casa en Kolmanskoop.

Atardecer de Etosha.

Arco y montañas de Spitzkoppe al atardecer.



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Fotografía en buena compañía

 

     Del 6 al 8 de diciembre, como suele ser habitual en estas fechas, se celebró el congreso AEFONA 2019. En esta ocasión tuvimos la suerte de poder disfrutar de un entorno que cuenta con unas localizaciones fotográficas muy atractivas para la fotografía de paisaje: como es la playa de Bayas.

 

     En esta playa nos reunimos unos cuantos para hacer una escapada al amanecer. Era el sitio que estaba previsto dentro del programa del congreso, lo que no estaba previsto es que nos reuniéramos un número tal como aquel día. Por lo general, en las salidas fotográficas del congreso hay una buena afluencia de público, pero parece que aquel día, atraídos por una localización singular pudimos disfrutar de una multitudinaria sesión.

 

     Personalmente me decanto por fotografiar en soledad, pero hacía mucho tiempo que no lo hacía en compañía, en especial de buenos amigos. Como cada año es un placer volver a reencontrarnos en el congreso anual de AEFONA, disfrutar de extraordinarias ponencias, comidas y cenas con interminables charlas sobre aventuras fotográficas y experiencias en la naturaleza. Como cada año, vuelvo del congreso AEFONA con muchas ganas de que llegue el próximo.

     


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Las mejores luces de mi vida

 

     Llega un día en el que decides darle una vuelta de tuerca a tu modo de fotografiar y planeas salir mucho antes del amanecer, ubicarte en un lugar concreto tras caminar varios kilómetros en la más profunda oscuridad. Hasta entonces la fotografía simplemente me encantaba; aquellas luces del 10 de octubre de 2012 me cambiaron para siempre, en ese momento supe que la fotografía se convertía en una pasión que me acompañaría toda mi vida.

 

     Hasta hace pocos días nunca había tenido la ocasión de repetir una situación que se asemejara a la de aquel amanecer de otoño. Cientos de salidas en playas, montañas, desiertos, humedales... en ningún lugar de ningún país había encontrado una situación que estuviera a la altura.

 

     De una de mis últimas salidas por "mi hogar" fotográfico, la sierra del Espinazo, me quedó pendiente probar una localización. De manera muy casual hace unos días fui exclusivamente a ubicarme en un punto que había localizado en la anterior salida para probar qué pasaba con el sol en estos días, una posición avanzada hacia el solsticio de invierno. Lo más probable es que no hubiera salido a hacer fotos, que aquella tarde no hubirrs estado allí, pero el destino quiso que otro espectáculo de luz inigualable se presentara ante mi cámara.

     

 

     El sol se coló entre un pequeño hueco en las nubes para iluminar la atmósfera cargada de humedad del valle. Un espectáculo que tiñó de naranja las montañas durante menos de un minuto ¡si! tuve menos de un minuto hasta que el sol se volvió a esconder para no volver dejarse a ver aquel atardecer. Aunque hay ocasiones en las que he presenciado espectáculos de luz más increíbles que este, no había tenido ocasión de fotografiarlos.

 


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El mundo desde una perspectiva etérea

 

     Cuando hace tan mal tiempo que la mayoría de las personas, con capacidad para razonar, se quedarían en casa, es cuando surgen las mejores oportunidades fotográficas. Hace 6 años ni siquiera hicimos cálculos del panorama metereológico que nos íbamos a encontrar, sólo sabíamos que haría muy mal tiempo, pero la experiencia nos decía que surgían buenas oportunidades. 

 

     Llegamos al risco de La Torrita poco antes del amanecer, no había dejado de caernos agua durante la hora y media que tardamos en llegar desde el coche. Con las primeras luces, a pesar del chubasquero, estaba empapado, más incómodo que un gato en la bañera. Todo se olvidó cuando apareció ante nosotros aquel espectáculo irrepetible, incluso nos olvidamos de hacer fotos. Llevábamos una idea en la cabeza pero la razón desapareció y comenzamos a disparar  con el teleobjetivo a los jirones de niebla que parecían jugar al escondite entre las montañas. El puntito rojo a la derecha del risco soy yo:

     

 

     Hace unos días encontré una situación parecida. El mal tiempo me motivó a fotografiar un bosque de hoja caduca en plena otoñada, pero antes de que la luz llegará decidí asomarme al amanecer a un alto para ver si con el mal tiempo se producía el milagro de la luz. Las condiciones de esta mañana me recordaron a las de hace 6 años y disparé con la misma perspectiva que aquel día. Al repasar las fotos encontré un nexo, no sólo estilístico sino también emocional, con una pequeña diferencia: hace 6 años aquellas fotos quedaron olvidadas en el disco duro, sabía que eran buenas pero ahí quedaron. Ahora, con más experiencia, he podido mezclar las fotos de ambas sesiones para dar vida a la serie más "madura" desde que tengo una cámara entre las manos, bienvenidos al planeta etéreo: 

 


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Ser rico no es sólo tener dinero

 

     Esta foto no es más que puro "postureo" pero hay veces que me encaja una persona en algunos paisajes, humanizarlos para transmitir algunas emociones que el paisaje por sí mismo no puede. Hace unos días, mientras fotografiaba estos riscos me encontraba realmente satisfecho, por una parte por volver a la sierra del Espinazo tras una temporada sin ir por allí y por otra por encontrar una nueva localización para fotografiar. 

 

     Sentir satisfacción por llevar unos meses sin ir es comprensible, pero ¿por encontrar una nueva localización? pensaréis que el mundo está lleno de lugares que aún no han sido fotografiados, al menos desde una perspectiva artística-paisajística. En esta sierra he recorrido más de 300 km en los últimos 8 años, más de 40 salidas fotográficas; no es que lleve la cuenta pero hace unos días, tras subir la ruta de la última salida marqué la opción de visualizarlas todas en el mapa y me sorprendió la cantidad de veces que he pasado por algunos sitios, dejo foto:

     

 

     En definitiva, estaba fotografiando estos riscos y, como he dicho, me sentía tan satisfecho que estaba absolutamente convencido que, al menos en ese momento delante de aquellas rocas, con mi cámara y el sol asomando entre las montañas no necesitaba nada más para ser feliz, me creía la persona más rica del mundo. Entonces comencé a pensar que, la riqueza es algo objetivo, es rico el que posee bienes materiales, pero ¿existe alguna definición para esta sensación? ¿es algo puramente objetivo? o ¿una persona que tiene más de lo que necesita es rica? 

 


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Huele a otoño

 

     De todas las estaciones la que me despierta más escandalosamente de mis letargos fotográficos es el otoño. Para mí es una estación casi mágica en la que el silencio y la paz del bosque te envuelve entre humedad, luz y una pequeña explosión de vida antes de la llegada del crudo invierno. Todas las salidas fotográficas que más me han marcado, en un modo u otro, siempre se han producido en otoño. En el centro de la península el verano no ofrece muchas posibilidades, pero con la llegada del otoño llegan los colores a los bosques caducos, las primeras lluvias transforman el paisaje semiárido y el solsticio cambia la posición del sol para ofrecer una luz especial que se transforma en un espectáculo de luz al amanecer y atardecer.

 

     Repito localizaciones en esta época: Garganta de Bohoyo, Bosque de la Honfría, El Tiemblo, Ogesto... en Urbasa he estado en varias ocasiones, pero nunca en la zona del laberinto de Arno. Aunque cuando he estado, las primeras hojas comenzaban a coger color, y apenas puede hablarse de otoño me he encontrado un bosque que si le damos una semanita más ofrecerá un espectáculo singular. Las lluvias y las temperaturas de los últimos días han hecho que las hayas definitivamente corten el flujo de savia, la clorofila se retire y comiencen a dominar en las hojas los tonos dorados de las sustancias que comienzan a oxidarse en ellas.

 

 

      Tengo mil planes en la cabeza ahora que parece que ha llegado el momento ¿y tú? Prepárate para los próximos días, el otoño ha comenzado, ahora sí, delante de nuestras cámaras.

     


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Gigantes de otros tiempos

 

     Cada año planifico las visitas en función de la estación y el embalse de la Almendra suele tener su hueco reservado entre la primavera y junio en función del nivel del agua embalsada. La escasez de precipitaciones de este año ha provocado por una parte que el nivel mes tras mes sea lo suficientemente bajo como para que los tesoros escondidos bajo el agua continúen emergidos y, por otra parte, el resto de localizaciones que tienen su lugar en estas fechas no han llegado a alcanzar el suficiente atractivo por este mismo motivo.

 

     Antes del cambio de hora el amanecer es ideal, que el sol salga a las 8:30 h te permite llegar a la localización sin que haya que madrugar demasiado. Suena el despertador a las 5 de la mañana. A las 5:30 h comienzas a conducir con la ciudad el campo aún durmiendo. Llegas a las inmediaciones del embalse, silencio absoluto, negrura total, soledad. Con la tenue luz del frontal comienzas a caminar por el paisaje muerto del lecho del embalse seco, una hora más tarde, sobre las 7:15 h llego a la zona que he seleccionado y comienzo a explorar.

 

     El objetivo de esta salida son las grandes encinas, sin lugar a dudas. La mayoría de los ejemplares más grandes ya no están en pie, es un suelo poco profundo, las raíces crecen muy disgregadas y las largas temporadas expuestas a los elementos y la gravedad fuera del agua han hecho su trabajo. Tras varias largas exposiciones con los primeros resquicios de luz del día comienzo a escrutar el cielo para estudiar la dirección de las nubes y como estas pueden interactuar con los rayos del sol cuando emerjan y está claro que los cirro-cúmulos que se desplazan de sur a norte son el mayor atractivo. Dos exposiciones intercaladas por unos minutos para calcular dónde estarán unos 15 minutos antes de que salga el sol, que será el momento en que por la altura a la que están se iluminen, y ya sé hacia dónde tengo que disparar.

 

     Selecciono unas encinas que parecen estar perfectamente alineadas entre ellas y con el horizonte. Varias pruebas con ISO alto para que la cámara me confirme lo que creo que veo y coloco el trípode. Aún faltan 20 minutos para que el sol ilumine las nubes, me como el bocata mientras hago varias tomas de prueba. Llega el momento que he calculado y se hace la magia de la fotografía de paisaje:

 

     


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El pueblo del desierto

 

     Kolmanskop puede englobarse en la típica descripción de pueblo abandonado, pero la realidad es que cuenta con una historia tan inverosímil que lo convierte en único. Muy resumidamente se puede decir que se trata de arquitectura colonial alemana de finales del S. XIX y principios del XX cerca de la actual localidad namibia de Lüderitz. En aquella época se encontraban diamantes en las arenas del desierto con relativa facilidad, llegaron a extraerse 1.000 toneladas, lo que hace que económicamente sea viable una ciudad tan extravagante como esta.

 

     En pleno desierto del Namib se erigieron casinos, escuelas, hospital, mansiones, estación de tren... y los colonos alemanes de la época querían sentirse como en su Baviera natal impregnando a la arquitectura de estas construcciones del más puro estilo de la región alemana. Los diamantes comenzaron a escasear, el pueblo se abandonó y el tiempo no perdonó. La arena ha invadido las casas, la brisa marina y el viento del desierto han hecho lo propio para hacer de este pueblo una ruina decadente, de apariencia arquitectónica descontextualizada que nos traslada a otra época, casi a otra realidad paralela. 

 

     ¿Merece la pena recorrer 600km para ver este lugar? puede que la galería de imágenes te ayude a responder a esta pregunta. He tratado de capturar la esencia del sitio centrando la atención en puertas y ventanas, como símbolos del paso de una época a otra, de aquella realidad minera colonial a la turística de hoy en día, del momento en que la fiebre de los diamantes le permitía vivir en su burbuja de opulencia a la mas fiel y cruda realidad en la que el desierto reclama su lugar.


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Los árboles eternos

 

     Sales de casa y sabes que te quedan por delante 15 días disparando fotos en Namibia, para ser más concreto he hecho unas 4000. Sabes que hay una serie de localizaciones que tienen un potencial mucho mayor que otras, las has estudiado más o simplemente coincide que, en el momento que las visitas, es cuando muestran su mejor cara.

 

     Sabía que el desierto de Namib era una de las joyas del viaje y, dentro del Namib, más concretamente lo era Dead Vlei. Creo que nunca podré olvidar mis sensaciones al ver por primera vez este lugar: caminas por la arena durante unos 15 minutos y cuando terminas de subir una pesada duna aparece este lugar a lo lejos. Una explanada blanca de pocas hectáreas salpicada por algo menos de medio centenar de árboles. Bajas la duna para llegar a la superficie blanca, un lecho de lago seco de arcilla blanca cuarteada, una locura ¡sólo el suelo da para un día entero sin levantar la cámara! Levantas la cabeza y en el momento que ves el primer árbol la mente comienza a divagar, piensas Fondo oscuro, reflejos de la luz del sol del suelo, tangencia de ramas, atmósfera cargada de polvo, sol lateral, enmarcar con las ramas... si hubiera puesto en práctica todo lo que se me pasó por la cabeza en apenas un instante todavía seguiría haciendo fotos allí.

 

     En definitiva, en Dead Vlei se pueden hacer algunas fotos buenas, pero no son las fotos el tesoro más valioso que me he traído de allí. Aquí he podido vivir una de las experiencias más intensas del viaje a Namibia (una de tantas) y es una percepción del tiempo más allá de la existencia humana. Allá por el año 1200 crecían estas acacias de las que hoy sólo quedan troncos ennegrecidos por el abrasador sol del desierto, la arena, que un día las enterró llegó hasta aquí hace 5 millones de años arrastrada por un caudaloso río del que hoy no queda ni el nombre, y el lecho arcilloso nos lleva a una época mucho anterior, te das cuenta que el ser humano es sólo una pequeña fracción de tiempo en la existencia de este sitio, te sientes pequeño, insignificante, ante un lugar que es uno de los protagonistas de la eternidad de nuestro planeta.


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Un nido frente a mi ventana

     Puedo considerarme afortunado porque una pareja de palomas ha elegido la acacia frente mi ventana para construir su nido. A escasos dos metros he ido viendo como día a día iban colocando ramita a ramita en el nido, la puesta de los huevos y tras la incubación ha llegado el gran momento: el primer polluelo. 

 

     La llegada al mundo de este pequeño ha coincidido con una fecha que le imponemos en el calendario a los animales salvajes: la apertura de la media veda. Con la llegada de agosto llega uno de los momentos más felices para los cazadores pero también uno de los más difíciles para las especies calificadas como cinegéticas. Miles de cazadores salen al campo tras el parón de primavera/verano para volver a la actividad que tanto les apasiona.

 

     Hasta el 25 de agosto no debería cazarse ninguna paloma pero... ¿qué ocurre si a uno de los cazadores de gatillo fácil (casi todos) se le cruza una paloma antes de esa fecha? Pues que le va a disparar sin dudar. ¿Qué ocurrirá con los polluelos que están esperando en el nido? Que morirán y al próximo año no habrá ni paloma ni polluelo. Así de sencillo.

 

     No sólo es importante que los cazadores respeten fechas, cupos y especies, es necesario un control más intensivo de la administración sobre la ecología de las especies, la educación y las aptitudes de los cazadores para evitar que las poblaciones de muchas especies salvajes se encuentren al límite de su existencia. Uno de los representantes del colectivo cinegético calificaba en los medios de comunicación el pasado 15 de agosto la apertura de la media veda como catastrófica en cuanto a capturas. Era de esperar. El próximo año se repetirá la misma historia.


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Paisajes Romanticistas de Inglaterra

     Parece que la fotografía reinventa constantemente nuevos métodos y técnicas para que los que aprietan el disparador tengan a su disposición las herramientas adecuadas para poder expresarse. Creo que echar la vista atrás, a los paisajistas romanticistas puede ser un campo muy amplio en el que poder encontrar un nuevo área de trabajo y, sobre todo, mucha inspiración. 

 

     El romanticismo es un movimiento que se desarrolla en la primera mitad del siglo XIX para par prioridad a los sentimientos frente a las normas más rígidas del Neoclasicismo. Sabía que un viaje a Inglaterra, visitando castillos, grandes catedrales góticas y paisajes que inspiraron a pintores romanticistas hace casi 200 años, iba a nutrirme en este sentido.

 

     Esta fotografía representa la catedral de Salisbury en la misma perspectiva que John Constable la representa en 1830 en su obra "Salisbury Cathedral from the Meadows". Ni mucho menos consigue atrapar la esencia temporal y la sublimidad con la maestría que lo hace Constable, no por las limitaciones de la fotografía en ese sentido frente a la pintura; es un campo en el que la fotografía digital puede desarrollarse (y al que me sumo) para que la fotografía de paisaje pueda encontrar una vía de escape frente a los cánones tan rígidos y estridentes de "belleza" que saturan las redes hoy en día. 


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Las tierras muertas de Valjagado

 

     Un día descubres que en los libros están las respuestas, comienzas a leer autores americanos que te cuentan sus andanzas fotográficas por los desiertos del medio oeste; es más que suficiente para que un entusiasmado aprendiz de fotografía de paisaje idealice el concepto de belleza en sujetos inertes. Un tiempo después, en una etapa de búsqueda enfermiza de localizaciones en Google-Earth una foto de amigos en excursión de domingo lo cambia todo. La foto se titulaba Rasica.

 

     Cielo azul, rocas entre indio y beis de granito que con la intensidad de la luz directa del atardecer el medidor del modo automático de la compacta con la que estaba hecha la foto los había intensificado hasta llegar a un acertado error. Sobre las piedras dos personas. Esta escena no hubiera significado nada para mí de no ser porque aquellas rocas me trasladaron al instante a los desiertos americanos. Exploré aquella zona, Rasica, y pronto descubrí que no era más que el lecho desprovisto de vida de un embalse. No era el paisaje eterno de Death Valley, Arches o Monument Valley pero me servía para dar rienda suelta a la ausencia de vida natural como concepto de belleza.

 

     Han pasado varios años, más de los que me atrevo a contar sin dejar escapar un suspiro, desde que una tarde de junio Jenny y yo nos dejamos nuestras huellas en la arena granítica. Atardecer, merienda sobre las rocas, un par de nocturnas y el gusanillo de repetir. Han sido muchas visitas y con cada una he descubierto muchos nuevos motivos para volver, pero nunca había estado al 40% (en un territorio de unas 20.000 hectáreas bajo el agua el nivel lo cambia todo). Ahora he encontrado un bosque de encinas petrificado, un gran hito de granito que sobresale sobre el agua y, lo que es más importante: he perdido el miedo a hacer fotos (ya no creo que si no hago lo que hacen los demás no lo hago bien).

 

     La foto no tiene truco, está disparada directamente a blanco y negro. Atardecer a mi espalda, un claro sobre el horizonte a la derecha de la encina muerta. Filtro degradado para dar dramatismo a la encina perfilada sobre el claro y dejar algo de detalle sobre las rocas del primer término. Unas curvas en Photoshop y listo.


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El mundo de los sueños

 

     Cuando juegas con fuego te quemas, o eso nos han hecho creer siempre. Algo parecido pasa con la multiexposición en cámara, una vez comienzas no puedes terminar una foto, siempre necesitas añadir más, hasta que la estropeas, o no. Esta foto la realicé en abril de 2017. Bien, en realidad tendría que hablar de "estas fotos" porque hay unas cuantas apiladas; aclarado esto, comenzaba a profundizar en esta técnica y esta foto parecía ser la culminación a aquellos días en el delta del Ebro.

 

     Un motivo atractivo, marea a buen nivel, el sol a un buen ángulo con respecto al sujeto... pero un cielo aburridísimo. No había forma de hacer algo que me gustara: multiexposiciones con diferente matiz para conseguir contraste tonal, varias secuencias hasta que conseguí una que me gustó, pero el cielo seguía carente de interés. Unos minutos más tarde jugaba  con el desenfoque del reflejo del sol en el suelo fangoso de la marisma, esos tonos azulados y los puntos de luz me recordaron al cielo nocturno ¡tachán! ya sabía cual era la pieza final para la imagen multiexpuesta.

 

       No estaba preparado para hacer la foto, diez intentos y no conseguía superponer en el cielo los reflejos del sol en el agua. Era evidente que no era posible no superponer el rudimentario "Tori tarraconense". Repasando estos días fotos antiguas para continuar completando mi herbario fotográfico encontré estas fotos, rápido vinieron a mi mente las sensaciones de aquella mañana, como parecía estar sumido en un sueño mientras trataba de crear algo con lo que sorprenderme a mi mismo, pero que a la vez brotaba de mi subconsciente ¿es posible? sólo si crees que se puede soñar despierto.


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Taller de iniciación a la fotografía de naturaleza

 

    El primer fin de semana de febrero impartiré un taller de iniciación a la fotografía de naturaleza. Este curso está dirigido a alumnos que deseen iniciarse en la fotografía, aprender a manejar su cámara y poder sacar el máximo provecho a su equipo. El taller, que cuenta con una parte práctica y otra teórica de dividirá entre cuestionarios on-line, talleres prácticos y clases teóricas en el aula.

 

     Organizado por el Centro Integrado de F.P. Lorenzo Milani (Salamanca) https://www.fpmilani.com/ - este taller se engloba en el conjunto de cursos profesionales que cada año ofrece el centro para complementar su formación académica y, por lo tanto, los alumnos que realicen el taller, recibirán el correspondiente diploma acreditativo. 

 

Fechas: 1, 2 y 3 de Febrero

Lugar: Centro Integrado de F.P. Lorenzo Milani,

Aldehuela de los Guzmanes s/n CABRERIZOS (Salamanca)

Horas lectivas: 20 (6 on-line y 14 presenciales)

Precio: 55 €

Plazo de inscripción: hasta el 28 de enero

Programa: 

- Principios de la fotografía digital

- Equipo y material fotográfico

- Disciplinas fotográficas de naturaleza

- Principios del lenguaje fotográfico y la composición

Horario:

Viernes: de 17 a 19 presentación y clase práctica, de 19 a 21 clase teórica.

Sábado: de 17 a 19 clase práctica, de 19 a 21 clase teórica.

Domingo: de 8 a 16 clases teóricas y prácticas con paradas para descansar.

 

Más información: pablo@pablossanchez.com

 


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Mis 9 favoritas del 2018

 

 

      Hay tradiciones que tienen un sentido, otras que se hacen por rutina, unas que surgen y otras que te "obligas" a seguir. Me pregunto como encajaríamos en este contexto los que hacemos una recopilación de fotos anuales. Me gusta echar la vista atrás y volver a vivir las experiencias fotográficas del año, en cierta medida, volver a repasar todas las fotos de las salidas y viajes del año me traslada de nuevo a esos lugares y momentos fotográficos.

 

     Aunque mi gran pasión es el paisaje natural, esta disciplina fotográfica, entendida en un sentido estricto, se me queda pequeña y últimamente, estoy encontrando cierto estímulo al explorar más allá de sus límites creativos. Me he dado cuenta que ha sido un año en el que he roto mi molde y he comenzado a expandirme en varias direcciones aleatorias: conceptualismo, paisaje nocturno, blanco y negro, imagen digital, paisaje urbano y humano... Y un claro ejemplo de esto son estas 9 fotos que recojo aquí, faltan algunas, pero creo que aquí se encuentran las más representativas de lo que he hecho este año.

 

     Arriba, izquierda: reflejos en un charco junto al río Batuecas. Tras pasar el día entero fotografiando lo que veía, al final del día, cuando la luz comenzaba a escasear cambié a 50 mm, blanco y negro, y dejé que los conceptos fluyeran. Arriba, centro: flores de erizón en la sierra del Espinazo. Mi hogar, he fotografiado tantas veces en esta localización que el perfil de roca de ese "hombre" lo considero casi familiar. La delicadeza de la luz al pasar sobre la mole de roca y el modo en que iluminaba las flores de erizón me pareció una foto muy significativa para mí. Arriba, derecha: Almanzor al amanecer. Un lugar con el que trato ser fiel a una cita anual. Es una localización trabajada a lo largo de los años, sólo hay que buscar un buen primer plano en la nieve y el hielo... y listo. Centro, izquierda: sierra del Espinazo al atardecer. Son tantas veces las que he podido disfrutar de esa perspectiva de la sierra, ya que es el camino que tengo que recorrer para llegar a otras localizaciones, pero nunca he visto una luz tan cautivadora como la de aquella tarde de tormenta. Centro, centro: nubes y estrellas en Bardenas. Por "accidente" tuve que pasar la noche allí, suerte que pude dormir en el coche. No me resigné a mi suerte y aproveché para hacer algunas fotos del cielo que me acompañaba. Centro, derecha: cabra y nubes de tormenta en Gredos. Esta foto es el claro ejemplo en el que eliminas el color para darle protagonismo al sujeto, los elementos y a la fuerza que pueden llegar a transmitir. Abajo, izquierda: vista de la acrópolis ateniense durante la hora azul. Uno de los ejemplos de paisaje urbano que he realizado este año. La ruina, un motivo tan melancólico y romántico ofrece a la fotografía de paisaje un motivo realmente atractivo si, como he dicho anteriormente, te atreves a romper tu molde y practicar otros tipos de fotografía. Abajo, centro: erizones del Espinazo al atardecer. Un ejemplo de imagen digital no obtenida en cámara y que, con la tecnología con la que podemos contar hoy en día no podría terminarse en la propia cámara. Aunque no soy asiduo a este tipo de imágenes y confío en que la fotografía es una expresión que se manifiesta a la hora de apretar el disparador y no delante de la pantalla del ordenador, encuentro divertido dar vida a alguna de estas imágenes. Abajo, derecha: iglesia de la ensenada de Barro. Esta idílica escena me llamó la atención desde el primer momento en que la vi hace unos años, una nueva visita a Llanes y la compañía de un amigo fotógrafo eran la escusa perfecta para volver. 

 



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Una nueva etapa

Una foto para el recuerdo, uno de los tantos momentos que he pasado con compañeros de AEFONA. Tras cuatro años en la junta directiva de la asociación de fotografía de naturaleza más importante en nuestro país dejo a un lado el papel activo en la gestión para abrir una nueva etapa.

Hablaría de las dificultades, de los malos momentos, los problemas asociados a la labor que he desempeñado estos años, pero eso ha quedado en el olvido, me quedo con momento como en el que se realizó esta imagen: encuentros de socios en los que la naturaleza y la fotografía son el hilo conductor, pero al final lo que surge es la amistad con personas con las que compartes esta pasión.

No quiero dejar a nadie en el tintero, no es necesario citar ni dar agradecimientos a aquellos que ya saben lo que me han marcado en estos años. Dejo atrás la actividad en la gestión de la asociación pero no a las personas que considero compañeros de fotografía y amigos de verdad. Nos vemos pronto, seguramente en el campo, con una cámara entre las manos.


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Fotografiar sensaciones

     Amaneció Soto de Sajambre con una fina capa de nieve sobre los tejados. Una mañana fría en la que la niebla cubría las cumbres circundantes de Picos de Europa. Salimos a pasear mi mujer y yo por el camino que lleva a Vegabaño con la certeza de que no tardaría mucho en volver a llover o incluso a nevar. La pendiente del primer tramo mitigaba el frío y el entusiasmo de los que llevan una temporada sin recorrer la naturaleza nos hizo ignorar la lluvia.

     A medio camino, cuando se cruza el río Agüero, encontramos unos prados que, cada vez que he pasado por allí me han parecido uno de los paisajes más idílicos de la zona. La nieve cubría la superficie de hierva y sobre las laderas las hayas oscuras sin hojas, hojas aquí y allá, las últimas pinceladas de un otoño que, tal como nos habían contado en el pueblo, había sido mucho más corto de lo habitual.

     Lo que había sido una lluvia ligera durante la mañana se intensificó cuando recorrimos estos prados, notábamos que estábamos calados y el frío comenzaba a colarse en los abrigos. Fotos aquí y allá, pero me llamaron especialmente la atención las ramas y troncos de las hayas que contrastaban con el cielo gris. No conseguía mantener la lente limpia y la lluvia terminó por ser mi aliada, colocando la única zona limpia para dejar nítido uno de los árboles bajé la temperatura de color para dar predominancia a los tonos azules. Al final conseguí una fotografía que cada vez que la vuelva a ver me traslada a aquella fría mañana en los bosques de Soto de Sajambre.


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Mi top 10 de bosques para el otoño

 

    Fotográficamente hablando, llega uno de los momentos más excitantes del año ¿el otoño? si. Pero tanto como el otoño, me encanta ese momento de hacer planes para fotografiarlo. Comienzas a hacer memoria de los bosques de los que más has disfrutado, otros que tienes en mente pero que nunca has estado y nuevas propuestas que surgen por el camino. Por eso, este año he querido hacer un pequeño recopilatorio de, entre los que conozco, cuales son los 10 mejores bosques para fotografiar el otoño.

 

     Llegar a un bosque en el momento de clímax del color otoñal es una experiencia que nos llena la mente (y la tarjeta de memoria). Desde hace años no falto a mis citas otoñales para conseguir buenos momentos entre la soledad del bosque, y de camino alguna que otra buena foto. De entre todos los lugares que he visitado, y otros que tengo en mente visitar creo que los mejores bosques de la península ibérica en otoño son:

 

1. Urederra, Baquedano (Navarra)

2. Vegabaño, Soto de Sajambre (León)

3. Saja-Besaya, Bárcena Mayor (Cantabria)

4. Hayedo de La Biescona, Colunga (Asturias)

5. Bosque de la Honfría, Linares de Riofrío (Salamanca)

6. Hayedo de la Pedrosa, Riaza (Segovia)

7. Castañar de Ojesto, San Martín de Trevejo (Cáceres)

8. Castañar de El Tiemblo, El Tiemblo (Ávila)

9. Selva de Oza, Siresa (Huesca)

10. Garganta de Bohoyo, Bohoyo (Ávila)

 

     ¿Tienes planes fotográficos para este otoño? ¿Cuál de estos bosques has visitado? ¿Cuál te gusta más? Deja tu comentario, justo aquí debajo.

 

 


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La playa del ¿Silencio?

 

    Para muchos, los primeros pasos que dan en el mundo de la fotografía están ensombrecidos por darle más importancia al lugar que a la foto. En esa circunstancia me encontraba la primera vez que fui a este lugar, la playa del Silencio. Parece que, si quieres que tu trabajo adquiera notabilidad y sea respetado, necesitas cumplir una serie de requisitos no-fotográficos. Entre estos requisitos, diría que uno de los más relevantes es la importancia que se le da a los lugares populares.

 

     Si tus aspiraciones fotográficas son grandes no te puedes permitir el lujo de que alguien hable de un lugar y no haber estado allí (y de paso contar una batallita). No eres nadie en esto de la fotografía de paisaje si no has estado en Islandia o Feroe, dando por supuesto que has visitado más veces Río Tinto, Barrika, Gueirúa y Urederra que a tu familia. Y, si aspiras a ser un Ansel Adams milenial de manual, ya has estado (y, por supuesto, vas el próximo año) a Dolomitas, Yosemite, Torres del Paine, Dead Vlei... (#noteselaironia).

 

     Respeto cualquier posición y planteamiento en lo que a fotografía se refiere pero, creo que hay cosas que se nos van las manos. Hace una semana estuve por Asturias, volví a la playa del silencio y ha cambiado muchísimo. Coches por todos lados, miradores abarrotados, gente, gritos, gritos, gritos,.... de todo menos lo que le da nombre: silencio. Observo un patrón que se repite: aparcar, mirador, "selfie" y siguiente; esto no es más que el reflejo de una actitud materialista y superficial con los lugares en general y la fotografía en particular.

 

     ¿Dónde nos dejamos la satisfacción personal? la mayoría de la gente en la fotografía se preocupa más del perfil público que de los valores que nos puede aportar el hecho de realizar la fotografía en sí, ese momento, cuando disparas, haces algo relevante si lo haces tú mismo, no lo que esperas que vean los demás. Mira, observa, ama y luego pulsa el disparador. Y un poquito de silencio, por favor.

 

 


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Lugares de los que nunca volvemos

 

    Cada lugar que he visitado me ha marcado en mayor o menor medida, pero siempre, en algún sentido, he creído que el hecho de haber visitado esos lugares me había aportado algo bueno o nuevo. Hace unos días comprendí que era justo al contrario, con cada lugar que visitamos una parte de nosotros se queda allí.

 

     Hacía años que no leía a Pérez-Reverte en su "Patente de Corso", un artículo que podéis encontrar en la publicación XLSemanal. El primer párrafo me cautivó, al leerlo comprendí que mi planteamiento con respecto a los lugares que he visitado podría ser justo al contrario: "Hay lugares de los que nunca regresas del todo. Se quedan suspendidos en el tiempo y la memoria, y de vez en cuando cierras un momento los ojos -a veces ni siquiera hace falta cerrarlos- y te encuentras de nuevo en ellos. Hasta puedes oírlos y olerlos." Tal vez no se trate de que te traigas algo, si no de que una parte de ti se ha quedado allí.

 

      A medida que van pasando los años es una sensación cada vez más sutil, pero con los primeros viajes y lugares que visitaba, siempre, absolutamente siempre, tenía la sensación que una visita fugaz podía compensarse con la esperanza de volver. Con los años terminas convenciéndote que hay lugares a los que nunca regresarás, si no es desde la memoria y la impronta que dejaron en ti las experiencias vividas.

 

      Visitar un lugar implica algo más que la excursión de unas horas desde un ferry o un crucero, algo más que una parada en el camino; deja una parte importante de ti en cada lugar, que tu huella esté muy presente para que cuando quieras volver, te encuentres a ti mismo, y todo en lugar en el que estaba.

 

 


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Nuevos tiempos, buenas oportunidades

 

    Todos teníamos muy claro que este no iba a ser un verano como otro cualquiera. Parece que en estos días calurosos apetece más que nunca perderse en la naturaleza, disfrutar de la sombra de los árboles cuando más calor hace, refrescarse en el río después de una caminata; volver a sentir ese contacto del que nos hemos visto privados durante meses.

 

     Últimamente he realizado varias visitas al valle de Batuecas, lugar que he recorrido mil y una vez pero que parece haberse convertido en el refugio ideal para estas primeras semanas del verano. Allí, entre rutas, visitas y descanso he vuelto a pasar por un lugar geológicamente muy especial; una roca que durante miles de años, el río Batuecas, ha tratado con el mismo cariño que Miguel Ángel lo hiciera con los mejores bloques de Carrara, convirtiendo la roca en pura belleza.

 

 

     Cargado sólo con el 50 mm fijo he vuelto a fotografiar esta zona en las mismas condiciones en las que lo hice en 2015, retomando un camino de abstracción que ha despertado la chispa interior con la suficiente intensidad como para volver a trabajar en una idea que surgió hace 5 años: una serie abstracta basada en el río, cómo el agua y su corriente juega con la luz y la roca para abrirnos la puerta a un mundo tan misterioso como atractivo.

  

 

      Aún no tengo claro cómo unir estos dos conceptos para que surja algo coherente, pero el el hecho de volver a trabajar en esta zona y en estas ideas me motiva muchísimo. No tengo claro como lo haré, pero sé muy bien cómo quiero pasar estas tardes de verano: junto al río, en buena compañía y disfrutando del agradable abrazo que sólo lugares como Batuecas pueden ofrecernos.

 

 


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Lugares que invitan a soñar

 

    Hay sitios que nos marcan de una manera especial. La mayoría de los que vean esta foto pensará en lo obvio que resulta resaltar el río Tinto como un lugar que nos puede marcar fotográficamente, pero la cosa no va de eso, es algo más personal.

 

     En septiembre del 2017 con unos días por delante decidí "perderme" en el Tinto. Nunca había estado pero tampoco era un lugar que me entusiasmara especialmente. Llegué el primer día, al mediodía, cuando los 30 grados quedaban muy abajo en el termómetro y me metí por una pista que deducía que llegaba hasta la mitad del río. No había explorado ni investigado apenas antes, simplemente iba a pasar unos días y ver qué me encontraba.

 

     Al final de la pista había un pequeño descampado con cemento, una fuente y unos metros más adelante, a unos 10 metros del río un descampado en el que podía "montar campamento", comer, pernoctar... Tenía claro que el sitio era el ideal. La primera toma de contacto fue sobrecogedora: el olor, el color, las texturas... estaba realmente sorprendido. Pasé la tarde recorriendo parte de la vía abandonada, recorriendo el lecho del río y haciendo algunas fotos; me alejé demasiado y me pilló el crepúsculo no muy cerca del sitio que había elegido como "campamento". Problemas con el equipo para dormir y la noche cayó, tuve que dormir en el coche.

  

      El agotamiento del día anterior me hizo dormir ocho horas del tirón, puede parecer que todo salía demasiado bien pero me despertó el sonido de la berrea de un ciervo a pocos metros del coche. Salí, lo vi alejarse entre los matorrales pero en el barro de la orilla del río estaban sus huellas y aún podía intuir su olor. Desayuné y el entusiasmo de toda una jornada con el río y la cámara no hacía más que hacer que me regocijara en el momento tan agradable en el que me encontraba.

 

      Dos días después me resultó muy impactante volver a uno de los pueblos al salir de la pista (no recuerdo cual). Aislado en el río, sin ver a nadie, en plena naturaleza y disfrutando del espectáculo de colores y texturas que el río Tinto le ofrecía a mi cámara hace que aquel lugar en aquel momento haya sido una de las experiencias fotográficas que recuerdo con más nostalgia. Estas fotos representan lo que son para mi aquellos días, casi como un sueño, de esos de los que tenemos despiertos.

 


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El camino hacia imágenes más personales

 

    Desde hace muchos años he tenido en mente la idea de recorrer Namibia en un 4x4. Veía las fotos de esos todo-terreno con la tienda de campaña en el tejado e instintivamente mi mente viajaba hacia una sensación de libertad infinita. Me imaginaba a mi mismo acampando en cualquier parte, recorriendo los parques naturales en total libertad, disfrutando de la noche a salvo en la tienda del techo, pero lo cierto es que de la expectativa a la realidad suele encontrarse la decepción.

 

     Desde mi idea inicial hasta el viaje que realizamos finalmente hay una diferencia abismal, no sólo porque la situación no fuera tan favorable como imaginábamos para recorrer el país en libertad si no por mi mismo. Los parques naturales están muy restringidos al acceso y la circulación, hay zonas del país en las que es fácil no tener una sensación de seguridad absoluta; pero lo que más nos limitó fue la propia planificación del viaje.

 

     Con la experiencia de muchos road-trips a las espaldas la planificación de los recorridos, localizaciones y visitas fue óptima. Todos los lugares que queríamos visitar los visitamos, todo en el momento más adecuado y sin grandes imprevistos; pero esto fue lo que condenó la idea de libertad que me impulsaba desde hace muchos años a hacer algo así. Esta idea no es algo que percibiera en el momento, es algo que he podido ver en perspectiva, cuando con la idea de proyectar un viaje parecido percibo que comienzo a dejar que la planificación condene la sensación de libertad.

  

      Al revisar el archivo he encontrado que lejos de percibir las mejores sensaciones en las fotos de los hotspots que visitamos de manera programada, los mejores recuerdos me llegan a través de las fotografías realizadas durante los desplazamientos, en medio de paisajes infinitos y en momentos que no estaban programados. He aprendido una lección que aplicaré a partir de este momento: programar visitas a localizaciones nos asegura buenos resultados pero, si queremos conseguir una colección de imágenes que contengan una buena dosis de nuestra propia carga emocional, debemos dejar espacio a la improvisación para que de manera natural fluya nuestra conexión con el lugar que fotografiamos.

 


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La primavera que no se fotografió

    Veo fotos publicadas a diario en redes sociales y la mayoría de la gente sigue exprimiendo el archivo mientras ahí fuera está transcurriendo una de las primaveras más increíbles de los últimos años ¿creéis que será recordada como la primavera que nadie fotografió?

 

     Personalmente no me considero fiel visitante de la primavera. Mientras que con otras estaciones tengo citas ineludibles, es en primavera cuando aún no me reengancho del parón de final del invierno, viajo fuera... o simplemente no encuentro motivación; no lo sé. Lo cierto es que no suelo fotografiar en esta estación, pero parece que el no poder hacerlo me provoca un deseo irrefrenable de salir con la cámara: aunque sean 10 minutos delante de un árbol verde.

 

     Este confinamiento es algo que terminará siendo recordado como una especie de pesadilla pero en el camino nos está permitiendo, al menos en mi caso, observar muchos aspectos con una nueva perspectiva. Este nuevo modo de ver las cosas me provoca sentimientos mucho más profundos, reflexiones mucho más íntimas que si mi vida hubiera seguido de modo normal. Por eso, para mí, esta primavera podría estar más representada por una fotografía más sombría que una de árboles con hojas brillantes: